30.9.05

El fausto de Platón.

Siendo, pues, una vez combidado [Diógenes] del grande philósopho Platón, a bueltas de otros amigos y philósophos, tenía Platón muy bien adereçado el aposento donde avían de comer [...]; y el Diógenes, haziendo muy del sancto y menospreciador de aquellas cosas, con sus pies lodosos, como los solía y procurava traer, començó a hollar y subióse sobre los estrados y camas y lo mejor que allí vido. Y el Platón, estrañando el hecho, començó a dezirle:

-¿Qué es eso que hazes, Diógenes?

Y él respondió:

-Piso y huello el fausto y presunción de Platón.

Pedro Mejía: Diálogos o Coloquios. Edición de Antonio Castro Díaz. Madrid: Cátedra, 2004, p. 335. Sobre las posibles fuentes del episodio, véase íbid la n. 33. Cfr. con José Ortega y Gasset: La rebelión de las masas. Madrid: Espasa, 2005, p. 156:

Diógenes patea con sus sandalias hartas de barro las alfombras de Aristipo.

28.9.05

Canavaggio vs. Trapiello.

Otro apasionado del manco de Lepanto, cuya biografía, publicada en 1993 con el título de Las vidas de Cervantes, acaba de ser reeditada, ha tenido a bien citar mi nombre en el Prólogo a su nueva edición, en mi condición de biógrafo «en absoluto malo» de Cervantes, y «no de los peores, siendo francés». Le estaría agradecido por ello, de no haberme tachado, en la misma página, de «saqueador» de Astrana Marín, acusándome por añadidura de hacer seguir «los préstamos tomados de Astrana de violentas descalificaciones para el saqueado».

(Jean Canavaggio: Cervantes. Madrid: Espasa, 2003, p. 13.)

24.9.05

Era el señor Ignacio de un liberalismo templado, hombre a quien entusiasmaban estas palabras de la soberanía nacional y que hablaba a boca llena de la Gloriosa. En cuestiones de religión se mostraba partidario de la libertad de cultos, para él, el ideal hubiese sido que en España existiese el mismo número de curas católicos, protestantes, judíos, de todas las religiones porque así, cada uno elegiría el dogma que le pareciera mejor. Eso sí, si él fuera del Gobierno, expulsaría a todos los frailes y monjas porque son como la sarna, que viven mejor cuanto más débil se encuentra el que la padece. A esto arguyó Leandro, el hijo mayor, diciendo que a los frailes, monjas y demás morralla lo mejor era degollarlos, como se hace con los cerdos, y que respecto a los curas, fuesen católicos, protestantes o chinos, aunque no hubiera ninguno no se perdería nada.

Terció también la vieja en la conversación, y como para ella, vendedora de verduras, la política era principalmente cuestión entre verduleras y guardias municipales, habló de un motín en que las amables damas del mercado de la Cebada dispararon sus hortalizas a la cabeza de unos cuantos guindillas, defensores de un contratista del mercado. Las verduleras querían asociarse, y después poner la ley y fijar los precios; y eso a ella no le parecía bien.

-Porque ¡qué moler! -dijo-. ¿Por qué le han de quitar a una el género, si quiere venderlo más barato? Como si a mí se me pone en el moño darlo todo de balde.

-Pues, no, señora -le replicó Leandro-. Eso no está bien.

-¿Por qué no?

-Porque no; porque los industriales tienen que ayudarse, y si usted hace eso, pongo por caso, impide usted que otra venda, y para eso se ha inventado el socialismo, para favorecer la industria del hombre.

(Pío Baroja: La busca. [1904] Madrid: Alianza, 2005, pp. 73-74. Vid además Ramón del Valle-Inclán: Luces de Bohemia. Edición de Alonso Zamora Vicente. Madrid: Espasa, 1996, escena VI.)

11.9.05

Ya te había dicho que Vitry no es una parroquia fácil; es peor aún de lo que te puedas imaginar. Desde que llegué he intentado formar grupos de jóvenes; nunca ha venido ni uno. Hace tres meses que no he celebrado un bautismo. En misa nunca he conseguido tener más de cinco personas: cuatro africanas y una vieja bretona; creo que tenía ochenta y dos años; había sido empleada de ferrocarriles. Hacía mucho que era viuda; sus hijos ya no iban a verla, y ella ya no tenía sus direcciones. Un domingo no la vi en misa. Pasé por su casa, vive en un pasillo verde, por allí [...]. Sus vecinos me contaron que alguien la había atacado; la habían llevado al hospital, pero sólo tenía unas fracturas leves. Fui a visitarla: las fracturas tardarían tiempo en soldar, claro, pero no corría ningún peligro. Una semana después, cuando volví, había muerto. Pedí explicaciones, y los médicos se negaron a dármelas. Ya la habían incinerado; nadie de la familia había aparecido. Estoy seguro de que ella habría querido un entierro religioso; no me lo había dicho, nunca hablaba de la muerte; pero estoy seguro de que eso es lo que habría querido [...]. Tres días más tarde vino a verme Patricia [...]. Quería confesarse, pero no sabía cómo hacerlo, no conocía el procedimiento. Patricia era enfermera en el servicio a donde habían llevado a la vieja; había oído a los médicos hablar entre sí. No tenían ganas de que ocupara una cama durante los meses que necesitaba para recuperarse; decían que era una carga inútil. Entonces decidieron administrarle un cóctel lítico; es una mezcla de dosis altas de tranquilizantes que provoca una muerte rápida y dulce. Lo discutieron dos minutos, nada más; luego el jefe de servicio fue a decirle a Patricia que le pusiera la inyección. Ella lo hizo esa misma noche. Era la primera vez que practicaba la eutanasia; pero sus colegas lo hacen muy a menudo.

(Michel Houellebecq: Ampliación del campo de batalla. Barcelona: Anagrama, 2004, pp. 156-157.)

10.9.05

«Caballero, hágame usted el favor de peinarse.»

Toda la vida me he congratulado de haber visto y hablado a monsieur de Chateaubriand, el escritor más grande de su tiempo [...]. Tengo muy presente su persona, por demás agradable, y su rostro simpático, con aquella expresión sentimental que se puso de moda, haciendo que todos los hombres pareciesen enamorados y enfermos.



Me parece que le estoy mirando, y ahora, como entonces, me dan ganas de llevar un peine en el bolsillo y sacarlo y dárselo, diciendo: «Caballero, hágame usted el favor de peinarse».

(Benito Pérez Galdós: Los Cien mil Hijos de San Luis. Madrid: Alianza, 2003, pp. 61-62.)

4.9.05

Su primera Coca-Cola.

Tenía que haber empezado por la Coca-Cola. Usted, claro está, probó la Coca-Cola de muy pequeño, ¿no? Yo sin embargo no la probé hasta casi los dieciocho años. Verá, se lo voy a contar, para que sepa con qué clase de hombre está usted tratando. Yo tenía ocho o nueve años. Estábamos en clase de Historia Sagrada y el sacerdote contaba el combate entre David y Goliat. Me acuerdo que era invierno, a media tarde. De pronto el sacerdote se levantó, miró por la ventana y dio dos palmadas muy fuertes. «¡Señores!», dijo, «¡ha llegado la Coca-Cola!». Y es que en aquellos años la Coca-Cola estaba haciendo demostraciones por los colegios y los pueblos, para darse a conocer. Nosotros nos levantamos y nos quedamos firmes. A mí me dio tiempo de mirar y vi abajo, en el patio, dos camiones de Coca-Cola y a los conductores, que iban con caretas de dibujos animados. Y el sacerdote dijo: «Ahora bien, sólo podrán beberla los que no estén en pecado mortal». Y yo, señor Faroni, estaba en pecado porque la noche anterior había cometido actos deshonestos. Así que pasé primero por la capilla, junto con muchos otros, y allí me pusieron de penitencia no sé cuantos padrenuestros y avemarías. Y me acuerdo que rezaba muy deprisa para poder salir corriendo al patio. Y cuando acabé, ¿qué pasó? Que se había acabado ya la Coca-Cola. Y, entre unas cosas y otras, no pude probarla hasta casi diez años después.

(Luis Landero: Juegos de la edad tardía. Barcelona: Tusquets, 2002, p. 139.)