9.2.07

Ambrosio de Morales fué bien nacido de gente honrada. Desde niño fué dado a las letras, y así, fué en ellas aventajado a los de su tiempo. Viendo los peligros del mundo, trató de entrarse en religión, y como prudente, consideró que en ninguna podría estar donde con más comodidad pudiese salvarse que en la del glorioso doctor de la Iglesia San Jerónimo. Púsolo por ejecución, y procedió con tanto ejemplo de vida, que los frailes de San Jerónimo de Córdoba, que era donde tomó el hábito, le estimaban por observantísimo religioso, y por sus muchas letras, por las cuales era conocido de todas las religiones de aquella ciudad. Sus parientes tenían concebidas grandes esperanzas, así por sus merecimientos como porque estaba en una religión a la cual la Majestad del Rey Felipe Segundo hacía más conocida merced que a ninguna de las demás, pues, en opinión de todas ellas, le dió a esta santa religión la famosa casa que él había edificado, que se llama San Lorenzo el Real de El Escorial, y por otro nombre la octava maravilla del mundo, que sin encarecimiento es la planta más perfecta y acabada, y la más rica, suntuosa que se conoce en el mundo.

Al fin, estando en este infeliz estado, y con tantas esperanzas, sucedió que después de grandes molestias y tentaciones que tenía, y particularmente un día, diciendo misa, fueron tantas las imaginaciones feas que tuvo, que en toda ella no hizo sino pedir a Dios favor y ayuda para librarse de una pelea y combate continuo; fué creciendo esta tentación más y más, en que echó de ver que la fomentaba Satanás. Al fin quedó con esto tan escarmentado, que, acabada la misa, se resolvió de hacer un hecho que sólo oírlo pone temor; y fué quitar la ocasión de su inquietud, y como lo pensó, lo puso por obra. El modo de ejecutar el suplicio fué de esta manera. Levantó una tapa de una arca grande, puso en el canto una cosa delgada, y puso a peso el sacrificio, y dejando caer la tapa, el gran peso que de suyo tenía, y lo que se le aplicó, dividió de su tronco lo que había sido tan conatural. Dió con el mucho dolor que sintió muchas voces; a ellas acudieron los frailes, y viendo el caso tan ajeno de un hombre de frailes, temiendo no se les muriese, le aconsejaron se pusiese bien con Dios. Como era de buen entendimiento, conoció su culpa, y con muchas lágrimas pidió a Dios perdón de ellas. Juntamente con esto, enviaron a las voladas a Córdoba a llamar a su padre, que era famoso médico, y preguntándole su mujer qué tenía, viéndole tan turbado, respondió: «Yo loco, y vos loca, ¿qué había de nacer sino un hijo loco, que ha hecho este disparate?».

Envió a las voladas que, mientras él iba, quemasen unos sombreros viejos, y con aquella lana quemada le restañó la sangre, y se comenzó a curar, haciendo extraordinarios remedios, con que se aseguró su vida.

Súpose el caso en la ciudad, y así chicos como grandes quedaron admirados. Al fin, quien sintió esto más de cerca fué su convento y religión, y así, cuando estuvo sano, con acuerdo de todos lo echaron de San Jerónimo de Córdoba.

(Casos notables de la ciudad de Córdoba. Córdoba: Diputación de Córdoba, 2003, pp. 111-113. Lo del «infeliz estado» debe de ser errata. Véase también Men of Parts, en Laudator Temporis Acti. Cfr. con Córdoba en tiempos de Cervantes. Córdoba: Universidad de Córdoba, 2005, pp. 164-165. Recuérdese que «the first canon of the Council of Nicaea in 325 [...] barred self-mutilators from the priesthood» [Rosemary and Darroll Pardoe: The Female Pope. The Mystery of Pope Joan. Wellingborough, Northamptonshire: Crucible, 1988, p. 57]. Bernardino de Rebolledo compara a Morales, en cuanto historiador, con Florián de Ocampo, su predecesor, del siguiente modo: «a Morales de Ocampo diferencio / en procurar más ciertas las verdades» [Rafael González Cañal: Edición crítica de los Ocios del conde de Rebolledo. Cuenca: Universidad de Castilla-La Mancha, 1997, p. 350].)