Bécquer pensó publicar sus poemas en forma de libro, los ordenó para la imprenta y encontró una vez más la ayuda de González Bravo, quien estuvo dispuesto a hacerse cargo de la edicion y del prólogo. Pero el manuscrito desapareció en la Revolución de 1868, cuando el político isabelino huyó de Madrid. Meses antes, en la tertulia nocturna del Suizo, un amigo le había regalado un registro mercantil para que copiase sus obras. Bécquer lo inició el 17 de junio con cierta solemnidad irónica, titulándolo Libro de los gorriones. Colección de proyectos, argumentos, ideas y planes de cosas diferentes que se concluirán o no según sople el viento. El poeta se aparta de la gloriosa tradición de los ruiseñores, para encomendar sus proyectos a un pájaro urbano, de tonos vulgares. La solemnidad irónica afecta también a la firma: Gustavo Adolfo Claudio D. Bécquer. Escribe en las primeras páginas la «Introducción sinfónica» y «La mujer de piedra», y luego detiene su trabajo hasta que el registro mercantil le sirve para copiar las «Poesías que recuerdo del libro perdido». Muy poco después de la Septembrina, con una sencillez mucho más seria, Gustavo Adolfo Bécquer, ahora firma así, decide remediar la pérdida, recomponiendo las Rimas, a partir de la página 535 del registro. Dejando muchas páginas en blanco para futuros proyectos que dependen aún del viento, utiliza la última parte del Libro de los gorriones para recomponer su poemario ya escrito y perdido. Los poemas copiados coinciden exactamente con las páginas finales del libro. Más que una copia improvisada y caótica, parece lógico pensar que Bécquer realizó un cálculo del espacio necesario, teniendo delante los manuscritos independientes de los poemas. En la página 533 añadió un dibujo del jardín de la casa toledana en la que vivía, y en las páginas anteriores, entre la 529 y la 531, escribió un «Índice de las rimas», señalando el orden y el número de versos de cada composición.
(Luis García Montero: Gigante y extraño. Las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer. Barcelona: Tusquets, 2001, p. 89. Véase también la p. 113: «Perdido durante años el libro, la Biblioteca Nacional se lo compró en mayo de 1897, por 25 pesetas, a una señora llamada Consuelo B. de Ortiz, y allí lo encontró en 1914 el estudioso alemán Franz Schneider, quien publicó las variantes de nueve rimas y sugirió la idea de que las correcciones del manuscrito pertenecían a Augusto Ferrán».)
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