5.2.16

«La creación del mundo no tuvo lugar en un principio.»

La creación del mundo no tuvo lugar en un principio: tiene lugar todos los días.

(Marcel Proust: La fugitiva. Madrid: Alianza, 2015, p. 324.)

26.11.15

«Cualquiera tiempo pasado / fue peor». Sobre las tesis doctorales de principios de siglo.

José María Micó: De Góngora. Madrid: Biblioteca Nueva, 2001, p. 187 (o bien José María Micó: Para entender a Góngora. Barcelona: Acantilado, 2015, pp. 339-340):
El perfil académico de una tesis doctoral en la universidad española de los años 20 no debe verse con los ojos de ahora. Hoy las tesis han crecido en extensión y en prurito —a menudo desnortado— de exhaustividad, pero es difícil que vuelvan a gozar del impulso de exploración primigenia y gozosa que no sólo por el signo de los tiempos, sino por la actitud y talento del doctorando, se reconoce en las páginas de [Jorge] Guillén.
Alberto Blecua: Signos viejos y signos nuevos. Barcelona: Crítica, 2006, p. 445:
Hasta diez plúmbeos tomos atiborrados de notas pueden constituir hoy el género doctoral. En la época de don Jorge [Guillén] eran otra cosa, breves y bastante malas por lo general.

«En él has caído / sin habértele nombrado.»

DUQUE.- ¿Y quién son?
CAMARERO.- Representantes
españoles.
DUQUE.- ¡Y españoles!
DUQUESA.- Y como en Italia están
dan gusto.
CAMARERO.- A todos le han dado;
en Roma han representado,
en Nápoles y en Milán,
y asombra su gentileza,
pero no es mucho que asombre
con las comedias de un hombre
monstruo de naturaleza.
DUQUE.- ¿Es Lope?
CAMARERO.- En él has caído
sin habértele nombrado.
DUQUE.- Por el nombre que le has dado
es de todos conocido.

(Guillén de Castro: Obras completas. Madrid: Biblioteca Castro, 1997, vol. I, p. 862. Sobre la expresión «monstruo de naturaleza», véase Antonio Sánchez Jiménez: Lope pintado por sí mismo. Mito e imagen del autor en la poesía de Lope de Vega Carpio. Londres: Tamesis, 2006, pp. 81-82. En Aventuras de Gil Blas de Santillana [Sevilla: Alfar, 2001, p. 566] se le atribuyen «ochocientas composiciones dramáticas» a Lope. Cfr. con Melveena McKendrick: El teatro en España [1490-1700]. Palma de Mallorca: José J. de Olañeta, 2003, p. 76: «Las pérdidas y las falsas atribuciones hacen muy difícil determinar hasta qué punto fue verdaderamente prolífico Lope, pero en cualquier caso su productividad fue asombrosa. Las comedias auténticas, con garantía de procedencia, que han llegado hasta nosotros ascienden a 331; se le atribuyen otras casi doscientas más, de las que veintisiete son suyas casi con seguridad y otras setenta y tres podrían serlo. Un total de unas 800 obras sería un cálculo realista.» Cfr. con José María Micó: Para entender a Góngora. Barcelona: Acantilado, 2015, p. 332.)

18.11.15

Las dos versiones de «Luces de Bohemia».

Before any detailed analysis of Luces can be carried out, the problems arising out of the two versions of the text must be discussed. The original version of the play was published in the review España and consisted only of twelve scenes. For the definitive text of the Opera Omnia edition (vol. 19) in 1924, Valle-Inclán, in addition to making minor stylistic changes, incorporated three new scenes, bringing the total to fifteen. These were scene 2 (Zaratustra’s bookshop), scene 6 (Max Estrella’s dialogue with the Catalan prisoner) and scene 11 (the Mother and dead child in the old Austrian quarter of Madrid). Given the freedom of the play’s narrative structure, Valle was able to insert the new scenes at appropiate points with only minimal recasting of the existing scenes. The main significance of the interpolations lies not so much in any new direction given to the action as in the resultant shift of tone and emphasis from the original 1920 text.

All three interpolated scenes have one feature in common: Valle-Inclán —uncharacteristically— is speaking with his own voice through his characters, directly and unequivocally expressing views on religion and politics. The Zaratustra scene, in particular, is a ‘discussion’ scene in which character interaction is subordinated to ideas. Through Max Estrella and Don Gay, Valle delivers a scathing attack on Spanish religious formalism and lack of genuine religious sensitivity to the fundamental mysteries of life and death. The social commitment of the other two scenes is unique in Valle’s theatre. Referring to the current industrial strife in Barcelona in scene 6, he overtly condemns the capitalist organization of society, commercial exploitation of workers and the so-called forces of order that defend it and advocates the abolition of inherited wealth and the revolution of the proletariat. Artistic impassivity is temporarily discarded and the note of social concern and personal indignation is allowed to come through. The twelve scenes of the original version contain only passing allusions to the social situation, the street riots and the condition of the proletariat. The specific case of Barcelona is not mentioned. Apart from a brief episode at the end of the second scene (scene 3 in the final version) in which the Chico de la taberna is injured in a clash between workers and the Acción ciudadana, the social disturbances are relegated to a rumble in the background, with allusion to broken glass in the streets and the Mounted Police patrols in various acotaciones. It would be difficult to postulate any personal commitment on Valle’s part with the regard to the social problem on the basis of these brief remarks passed in the give and take of repartee. The inclusion of the additional scenes transforms what had been a passing allusion into a new dimension of the work. Max Estrella is now seen not only in relation to the bohemian subworld, the fatuous literary and intellectual fringe, the grotesque ‘official’ Spain of the Ministry and the police, but also in relation to the proletariat. Evidently, between October 1920 and 1924, Valle-Inclán seems to have been stung into a more immediate involvement with social and political issues and came to see Luces in a somewhat different light.

John Lyon: The Theatre of Valle-Inclán. Cambridge: Cambridge University Press, 2009, pp. 111-112. Cfr. con Manuel Alberca: La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán. Barcelona: Tusquets, 2015 [eBook]:
La dirección de la revista [España] suprimió la «Escena segunda» entera por supuesto contenido blasfemo e irreverente con las prácticas religiosas de los españoles. Algunas sentencias de Max Estrella como «Aquí los puritanos de conducta son los demagogos de la extrema izquierda» o «España en su concepción religiosa es una tribu del centro de África» no pudieron pasar el cedazo de la censura de la revista.

24.10.15

«El crimen de la escritura» (2014), de Joaquín Álvarez Barrientos.


Este apasionante ensayo de Joaquín Álvarez Barrientos se propone demostrar la necesidad de hacer sitio, en el estudio de la historia de nuestras letras, a las obras que habitualmente consideramos sencillas «imposturas» o «supercherías», es decir, aquellas forjadas por personas distintas de las que aparentemente constan como sus responsables. Se divide en dos grandes apartados o secciones. En los dos primeros capítulos, Álvarez Barrientos examina las palabras y expresiones que con mayor frecuencia empleamos para designar a los falsarios y sus productos, y los motivos que pueden suponerse en el origen de sus actividades. En el tercer y extensísimo capítulo, se analizan algunas de las más sorprendentes imposturas de la historia de la literatura en las lenguas castellana y catalana. 

Gonzalo de Berceo, el primer «autor» con nombre y apellidos de la historia de nuestras letras, es, además, uno de los primeros implicados en la elaboración de supercherías literarias. Brian Dutton ha demostrado que los monjes de San Millán de la Cogolla forjaron, en el siglo XIII, los Votos de San Millán, atribuidos falsamente a Fernán González; según estos votos, los pueblos comarcanos estaban obligados a asistir económicamente a los monjes emilianenses. Gonzalo de Berceo, conocedor del fraude, quiso apuntalar su apariencia de veracidad con la composición de la Vida de san Millán y otras de sus obras. Sin embargo, el caso más sorprendente de posible fraude literario medieval afecta a la novela catalana Curial e Güelfa, sobre la que Jaume Riera i Sans y, a su zaga, Rosa Navarro Durán han proyectado la sombra de la sospecha: en su opinión, el benemérito Manuel Milà i Fontanals (1818-1884) no sería en absoluto el descubridor de la novela, sino, de hecho, su autor. En el siglo XVI, son de sobra conocidas y criticadas, desde antiguo, las invenciones de citas y referencias humanistas que caracterizan la prosa de Antonio de Guevara. La sombra de la duda se cierne asimismo sobre la vida de Catalina de Erauso, la celebérrima «monja alférez», supuestamente escrita en el Setecientos y plagada de anacronismos e incongruencias. Uno de los fraudes más exitosos en las letras castellanas tuvo lugar a comienzos del siglo XVIII, con el protagonismo del abate José Marchena, quien, en el exilio, contrahízo un supuesto fragmento de Petronio, que los intelectuales alemanes aceptaron algún tiempo como veraz. Lógicamente, son mucho más hacederos los fraudes que utilizan como gancho cartas, fragmentos y otras composiciones de longitud discreta. En tiempos de la Guerra de la Independencia, por ejemplo, Leandro Fernández de Moratín estuvo trabajando en una reedición del Guzmán de Alfarache sin moralidades ni digresiones, a la que tenía previsto adjuntar una carta apócrifa de Mateo Alemán, en la que el novelista sevillano supuestamente reclamaba la responsabilidad de las supresiones. Ya en el siglo XX, es necesario citar a Fernando Iglesias Figueroa, quien, para vengarse del silencio crítico en torno a sus hueros y ramplones versos modernistas, hizo pasar como de Bécquer composiciones suyas —las rimas «A Elisa» y «¿No has sentido en la noche», la leyenda «La voz del silencio», la narración «La fe salva» y una carta, supuestamente la décima escrita desde el monaterio de Veruela—, que dieron el pego hasta 1970; y, por supuesto, a Rafael Lasso de la Vega, quien, con el objeto de disputarle a Vicente Huidobro la primacía del ultraísmo, fue dando a luz versiones castellanas de composiciones extraídas de su inexistente libro Galerie de glaces, supuestamente publicado en París —y en francés— en 1918. 

Cervantes, por razones evidentes, ha sido «víctima» de diversas imposturas artísticas y literarias. La primera fue la confección de la segunda parte del supuesto Avellaneda, que Álvarez Barrientos, en línea con Martín de Riquer y Alfonso Martín Jiménez, atribuye a Jerónimo de Pasamonte, quien habría actuado, en parte, por instigación de Lope de Vega y su círculo. La sospecha ha acompañado siempre a las obras de Cervantes descubiertas en el siglo XIX. Es el caso de la «Epístola a Mateo Vázquez de Leca» , descubierta en 1863, que Arturo Marasso atribuía a Juan Eugenio Hartzenbusch o Adolfo de Castro; o del «Diálogo entre Cilenia y Selanio», descubierto en 1874, sospechoso debido a que su descubridor fue el propio Adolfo de Castro, autor, como es sabido, del célebre ensayo pseudocervantino El buscapié, impreso en 1848. El colmo de las supercherías cervantinas es el famoso retrato de Cervantes atribuido a Juan de Jáuregui, que José Albiol, a comienzos del siglo XX, había contrahecho con el objeto de cederlo a la Academia a cambio de que le ayudasen a conseguir plaza en ciertas oposiciones.

Capítulo aparte merecen los forjadores de heterónimos, que, en el caso de España, cuentan con el honroso antecedente de Lope de Vega, autor de las famosas Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos (1634). En el siglo XVIII vieron la luz las supuestamente quinientistas Poesías de Melchor Díaz de Toledo (1776), obra en realidad de Cándido María Trigueros. En el siglo XX, además del conocidísimo caso de Antonio Machado, se forjaron heterónimos con los más diversos propósitos, generalmente polémicos: a comienzos de la década de 1920, Miguel de Unamuno dio a las prensas las Rimas del supuesto poeta desconocido Rafael, que le sirven para criticar el auge de la poesía de vanguardia, en tanto Federico García Lorca y varios amigos granadinos inventaban las composiciones apócrifas del poeta fascistizante Isidoro Capdepón Fernández; entre 1940 y 1946, Emilio Alarcos Llorach compuso el Cancionero inédito de A. S. Navarro, en el que, o con el que, arremetía contra los poetas «desarraigados»; en 1975, Luis Mateo Díez, José María Merino y otros narradores del área leonesa reaccionaron a la aparición de la antología Nueve novísimos poetas españoles con su Parnasillo provincial de poetas apócrifos. Max Aub es, sin embargo, el autor en lengua castellana que más y mejor se ha servido del mecanismo de la heteronimia en el siglo XX.

Si Álvarez Barrientos reivindica la obligación de estudiar, dentro de la historia de nuestras letras, imposturas y supercherías como las anteriores, ello no se debe, sin más, a la curiosidad anecdótica que suscitan, sino a que las actividades de los falsarios nos informan indirectamente acerca de la evolución cronológica de conceptos de indiscutible importancia en el análisis literario y sociológico, como son, por ejemplo, los de autoría y estilo; nos educan asimismo acerca de la propia conformación progresiva de la Filología como ciencia: gran parte de sus herramientas surgieron, de hecho, ante la obligación de discriminar, en el campo de las Letras, entre lo «verdadero» y lo «falso». Los lectores del ensayo, con todo, no serán, en mi opinión, exclusivamente los especialistas; antes bien, es muy posible que los lectores no especializados sepan valorar apropiadamente su voluntad de proyectar luz sobre aspectos y cuestiones relegadas a los rincones más oscuros de nuestra historia literaria.

15.8.15

«Quis multa gracilis»; versión de Francisco Sánchez de las Brozas.

¿Quién tiene la cabida
de todos deseada, y de ninguno
enteramente habida?
¿Quién es aquel solo uno
que goza de tu amor tan importuno?

Tus tan rubios cabellos,
que al oro con desprecio desdeñaban,
dime, ¿a quién dejas vellos?:
aquellos que mataban
a cuantos, por su mal, los contemplaban.

¡Cuán triste y engañado
[es] el desventurado que en amarte
emplea, con cuidado,
de su vida gran parte,
que piensa que no puedes ya mudarte!

¿Qué será cuando vea
la mar turbada y vientos levantados
el triste que desea
remedio a sus cuidados,
que ignora la mudanza de los hados?

De aquellos tengo duelo
que no conocen tus agudas artes,
que tienen por consuelo
que seguirás sus partes,
sin que de su querer jamás te apartes.

Ya, como escapado
de la tormenta donde me anegaba,
tengo ya dedicado
el leño en que nadaba
al templo del señor de la mar brava.

(Fray Luis de León y la escuela salmantina. Edición de Cristóbal Cuevas. Madrid: Taurus, 1982, p. 138. El Brocense también traduce «Rectius vives, Licini» [II, 10], p. 137; «Quid fles...?» [III, 7], pp. 138-140; y «O navis, referent» [I, 14], p. 140. Cristóbal Mosquera de Figueroa también traduce «Quis multa gracilis»; véanse sus Poesías completas. Edición de Jorge León Gustà. Sevilla: Alfar, 2015, pp. 352-353.)

1.8.15

«Vitam quae faciant beatiorem.»

Por esso dize bien el acutíssimo
Marcial en su epigrámate
que si quieres gozar de uida plácida,
de uida sin estrépito
con que tu pecho esté puro y no lánguido,
no busques sodalicios.

[El Brocense]

(Alfonso Martín Jiménez: Retórica y Literatura en el siglo XVI. El Brocense. Valladolid: Universidad de Valladolid, 1997, p. 165, n. 66. Véase también el texto correspondiente a la n. 202, p. 130; y el magnífico artículo de Gabriel Laguna, con bibliografía. Otras dos versiones castellanas, en Marcelino Menéndez Pelayo: Bibliografía hispano-latina clásica. Madrid: C.S.I.C., 1950-1953, vol. VII, pp. 133-134 y 141-142. Una versión del siglo XVI puede consultarse en Cristóbal Mosquera de Figueroa: Poesías completas. Edición de Jorge León Gustà. Sevilla: Alfar, 2015, pp. 227-229. Cfr. con The Happy Life y con A True Receipt of Happiness, en Laudator Temporis Acti.)

21.7.15

Es con buenos sentimientos con lo que se hace la mala literatura.

(Oscar Wilde, a través de Max Aub: Luis Buñuel, novela. Granada: Cuadernos del Vigía, 2013, p. 579.)

7.6.15

Un cuento es una novela depurada de ripios.

(Horacio Quiroga: Cuentos fantásticos. Paracuellos de Jarama, Madrid: Hermida Editores, 2015, p. 152.)

22.2.15

Los «errores» de Virgilio.

Virgilio: Eneida. Madrid: Gredos, 1997, p. 145:
Trepa entretanto Eneas a un peñasco
y su mirada otea todo el ancho haz del mar por si pudiera divisar a alguno,
acaso a Anteo, bamboleado por el viento o las birremes frigias
o a Capis o a las armas de Caíco destacadas en lo alto de la popa.
Ni una nave a la vista. En cambio ve en la playa tres ciervos;
van vagando; en pos va la manada que pace en larga hilera por el valle.
Se detiene, y empuña raudo el arco y las saetas voladoras
que llevaba a su vera el fiel Acates.
Y primero derriba a los tres ciervos delanteros
que en su empinada testa arbolaban ramosa cornamenta. Luego tira al tropel
y va siguiendo a tiros a la manada dispersa por la fronda del bosque.
Eugenio Asensio: De Fray Luis de León a Quevedo y otros estudios sobre retórica, poética y humanismo. Salamanca: Universidad de Salamanca, 2005, p. 317:
Como el que dize que fue descuydo de Vergilio que Eneas matasse ciervos en África, pues consta de Plinio que en África no avía ciervos. Yo digo al revés, que más cierto es aver ciervos en África, porque Vergilio haze dellos mención, que no los aver porque Plinio lo affirme.
Eugenio Asensio: De Fray Luis de León a Quevedo..., p. 318:
Porque poner Virgilio ciervos en África, no es falta del arte, sino de geografía, cuando no los uviesse: porque supuesto que no uvo ciervos en África, es verisímil que los pudo aver.
Francisco Cascales: Epigramas. Paráfrasis a la Poética de Horacio. Observaciones nuevas sobre gramática. Florilegio de versificación. Edición de Sandra I. Ramos Maldonado. Madrid: Akal, 2004, p. 178:
Horacio recomienda [...] perdonar a los poetas algunas faltas, sobre todo, como opina Aristóteles, si aquéllas son ajenas al arte. Como, por ejemplo, aquella falta de la que se acusa a Virgilio de poner ciervos en África, donde no se los encuentra, según opinan algunos. Lo cierto es que esta falta es excusable, porque si la hubiese cometido contra los preceptos del arte, no hubiese carecido de culpa.
García de Salcedo Coronel: El Polifemo de don Luis de Góngora, comentado. Madrid: Juan González, 1629, ff. 18v.-19r.:
Ygual error de accidente cometió Virgilio en el libro I de su Eneid., donde finge auer hallado Eneas cieruos en África, quando todos los Geógrafos afirman que carece dellos. Plinio: lib. 8, cap. 33: «Ceruos Africa propemodum sola non gignit».
Francisco de Trillo y Figueroa: Neapolisea. Córdoba: Universidad de Córdoba, 2003, p. 25:
Virgilio dixo que Eneas mató en África unos ciervos y allí (como notan sus escoliastes) jamás crió la naturaleza tal especie de animales.
Véase también Eduardo Chivite Tortosa (ed.): La satira contra la mala poesía. Antología de poesía satírica del Siglo de Oro. Córdoba: Berenice, 2008, p. 182; y Góngora vindicado: Soledad primera, ilustrada y defendida. Edición de María José Osuna Cabezas. Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza, 2009, p. 198. Cfr. con Los descuidos de Cervantes.