28.1.15

Requiebros del Siglo de Oro.

Francisco Rodríguez Marín: Luis Barahona de Soto. Estudio biográfico, bibliográfico y crítico. Madrid: Sucesores de Rivadeneyra, 1903, p. 727:
Y llevar un requiebro muy pensado,
Y, en llegando, arrojárselo a la dama:
«¡Qué lindo cuerpo para alanceado!»
«¡Así las vea comer á quien me ama!»
«¡No la querría más fea ó más tocada!»
«¡Tal se tornen las pulgas de mi cama!»
Francisco Rodríguez Marín escribe que:
BARAHONA tomó estos requiebros, á la letra, sin hacer otra cosa que ajustarlos en versos endecasílabos, de entre los que solía usar el vulgo. Las sales son gordas, sí, pero españolísimas. El último, que es el más ingenioso, había sido mencionado en La vida de Lazarillo de Tormes, segunda parte de H. de Luna, cap. X: «Llegamos á la casa donde llevamos el arcón; recibiéronle con grande alegría, particularmente una doncellita cariampollar y repolluda, que tales sean las musarañas de mi cama después de bien harto». Cervantes hizo decir á Sancho en El Ingenioso Hidalgo, parte I, cap. XXX: «...pues monta que es mala la Reina: así se me vuelvan las pulgas en la cama». Y Espinel, en sus Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón, relación I: «Díjole un día un mozalvillo no de mal talle [...]: Así se me tornen las pulgas en la cama».
Véase también Lope de Vega: La Dorotea. Edición de Edwin S. Morby. Madrid: Castalia, 1987, p. 101:
Tienen oro y mujer correspondencia y simpatía; ni hay requiebro que las agrade como decirles que son como un pino de oro.
Y la nota 81:
«Como un pino de oro. Frase con que se explica que alguna persona es bien dispuesta, airosa y bizarra», Dicc. Aut., definición ilustrada con este pasaje. La comparación deriva del pino de oro del diccionario académico, «especie de adorno que antiguamente usaban las mujeres en el tocado».
Cfr. con Julio Cejador y Frauca (ed.): La verdadera poesía castellana. Floresta de la antigua lírica popular. Madrid: Tipografía de la «Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos», 1921-1930, vol. II, p. 48:

¿Es posible
que te muestres tan terrible,
pino de oro,
preciosísimo tesoro
de hermosura?
Con María de Zayas: Novelas amorosas y ejemplares. Desengaños amorosos. Edición de Estrella Ruiz-Gálvez Priego. Madrid: Biblioteca Castro, 2001, p. 581:
Yo lo tendré muy grande en que quedéis en casa, señora hermosa, porque me habéis parecido como un pino de oro, [etc.]
Con Luis Vélez de Guevara / Pedro Calderón de la Barca: La niña de Gómez Arias. Edición de Carmen Iranzo. Valencia: Estudios de Hispanófila, 1974, pp. 89-90:
Como un pino de oro, Antón,
dicen que es el mozo, [etc.]
Con Baltasar Gracián: El Criticón. Edición de Santos Alonso. Madrid: Cátedra, 2013, p. 777:
Determiné començar por un moço rollizo y bello como un pino de oro, [etc.]
Y con Pío Baroja: La feria de los discretos. Madrid: Alianza, 2006, pp. 169-170:
Hace ya la friolera de cincuenta años; mi nariz no andaba al encuentro de la barba, ni me faltaban los dientes, y era yo una moza que había que verme; garrida como un pino de oro y más rubia que las candelas.
Carmen Martín Gaite ha rastreado en la sociedad del Setecientos algunos de los requiebros más utilizados aún a día de hoy: «mona» era cumplido de «petimetres»; «guapa» y «chula», sin embargo, eran piropos propios de «majos». Véase Usos amorosos del dieciocho en España. Barcelona: Anagrama, 1994, passim.

17.1.15

«La del color quebrado».

El argumento de El acero de Madrid guarda relación con una costumbre del Siglo de Oro que no dejaba de sorprender a los forasteros que visitaban la Península.

En la época se consideraba la blancura casi lunar de la tez femenina como algo especialmente seductor. Un sistema para obtener el anhelado color de piel era ingerir arcilla (comer barro), lo que producía una forma de clorosis o anemia que en la época se llamaba opilación. Entre las jóvenes de clase noble comer barro se convirtió en una de esas actitudes patológicas de extremado refinamiento (como la manía de ir en coche de caballos o la pasión por los chapines altos) que suscitó la burla de los escritores y la condena de los moralistas. El barro se podía comer en pastillas confeccionadas con azúcar y ámbar o directamente rompiendo las vasijas de casa, entre las cuales las más preciadas eran los búcaros portugueses de Estremoz.

Para curar la opilación los médicos prescribían a las jóvenes enfermas agua con polvos de hierro. El medicamento se preparaba en casa; había que tomarlo por la mañana, en ayunas, y dar a continuación un largo paseo para mejor asimilar el jarabe, lo que se llamaba pasear el acero.

Lope de Vega: El acero de Madrid. Edición de Stefano Arata. Madrid: Castalia, 2000, pp. 30-31. Véanse en general las pp. 30-35 y, de paso, 109, 115, 118, 176-177 et passim. Véase también Julio Cejador y Frauca (ed.): La verdadera poesía castellana. Floresta de la antigua lírica popular. Madrid: Tipografía de la «Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos», 1921-1930, vol. I, p. 153:
Niña del color quebrado,
o tienes amor o comes barro.
Luis de Góngora: Letrillas. Edición de Robert Jammes. Madrid: Castalia, 1980, p. 55:
Que la del color quebrado
culpe al barro colorado,
bien puede ser;
mas que no entendamos todos
que aquestos barros son lodos,
no puede ser.
Lope de Vega: Las bizarrías de Belisa. Edición de Enrique García Santo-Tomás. Madrid: Cátedra, 2004, p. 135:
Mañanicas de mayo
salen las damas;
con achaque de acero
las vidas matan.
Lope de Vega: La Dorotea. Edición de Edwin S. Morby. Madrid: Castalia, 1987, p. 130:
JUL. ¿Qué traes en esta bolsilla?
CLAR. Unos pedazos de búcaro que come mi señora; bien los puedes comer, que tienen ámbar.
JUL. No los gasto de Portugal.
Cfr. con Obras poéticas del excelentísimo señor don Eugenio Gerardo Lobo. Madrid: Joaquín Ibarra, 1758, pp. 146-147; Lope de Vega: La Dorotea..., pp. 171, 308-309 y 398; Francisco de Quevedo: Poesía original completa. Edición de José Manuel Blecua. Barcelona: Planeta, 1999, pp. 657, 793, 867 y 1023; Poesía erótica del Siglo de Oro. Edición de Pierre Alzieu, Robert Jammes e Yvan Lissorgues. Barcelona: Crítica, 2000, pp. 101, 161, 167 y 178; José María Micó: De Góngora. Madrid: Biblioteca Nueva, 2001, p. 34; María de Zayas y Sotomayor: Novelas amorosas y ejemplares. Desengaños amorosos. Edición de Estrella Ruiz-Gálvez Priego. Madrid: Biblioteca Castro, 2001, p. 45; Lope de Vega: Novelas a Marcia Leonarda. Edición de Marco Presotto. Madrid: Castalia, 2007, p. 128; y Baltasar Gracián: El Criticón. Edición de Santos Alonso. Madrid: Cátedra, 2013, p. 432. Sobre las virtudes anticonceptivas del barro, véase esto.

11.1.15

Los negros a lo cuervo
cantaban al bailar:
cras, cras, cras.

(Julio Cejador y Frauca [ed.]: La verdadera poesía castellana. Floresta de la antigua lírica popular. Madrid: Tipografía de la «Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos», 1921-1930, vol. II, p. 146.)

Dixo, pues, que las almas de los oficiales, especialmente aquellos que nos dexan en cueros cuando nos visten, las daba a cuervos; y como siempre habían mentido diziendo: «Mañana, señor, estará acabado: para mañana sin falta», ahora, prosiguiendo en su misma canción, van repitiendo por castigo y por costumbre aquel su ¡cras, cras! que nunca llega.

(Baltasar Gracián: El Criticón. Edición de Santos Alonso. Madrid: Cátedra, 2013, p. 161. Véase también Eugenio Gerardo Lobo: Obras poéticas líricas. Madrid: Imprenta Real, 1738, p. 130: «y, alternando los cuervos los gemidos / de su infausta mañana, [etc.]». Cfr. con este soneto de Lope.)

27.12.14

«He oído que en Corea se comen los gatos.»

— He oído que en Corea se comen los gatos. ¿Es cierto?
— Yo también lo he oído, pero no conozco a nadie que se haya comido uno.

(Haruki Murakami: Sputnik, mi amor. Barcelona: Tusquets, 2011, p. 120. Véase también Barbara Demick: Querido Líder. Vivir en Corea del Norte. Madrid: Turner, 2011, p. 208: «La carne de perro formaba parte de la dieta tradicional coreana». Cfr. con Gerardo Fernández Juárez y José Manuel Pedrosa [eds.]: Antropologías del miedo. Vampiros, sacamantecas, enterrados vivos y otras pesadillas de la razón. Madrid: Calambur, 2008, pp. 15ss.)

17.12.14

Sobre la iconología de la Esperanza.

Verde embeleso de la vida humana,
loca esperanza, frenesí dorado,
sueño de los despiertos intrincado,
como de sueños, de tesoros vana;

alma del mundo, senectud lozana,
decrépito verdor imaginado;
el hoy de los dichosos esperado
y de los desdichados el mañana:

sigan tu sombra en busca de tu día
los que, con verdes vidrios por antojos,
todo lo ven pintado a su deseo;

que yo, más cuerda en la fortuna mía,
tengo en entrambas manos ambos ojos
y solamente lo que toco veo.

(Juan Montero [ed.]: Antología poética del Siglo de Oro. Madrid: Biblioteca Nueva, 2006, p. 455. Cfr. con Paul Zanker: Augusto y el poder de las imágenes. Madrid: Alianza, 2005, p. 287, fig. 190; Raymond Klibansky, Erwin Panofsky y Fritz Saxl: Saturno y la melancolía. Madrid: Alianza, 2006, pp. 224, n. 30 [con la fig. 66] y 369; Lope de Vega: Laurel de Apolo. Edición de Antonio Carreño. Madrid: Cátedra, 2007, p. 451; Octavio Paz: Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. México: F.C.E., 2008, pp. 357, 393; Ignacio García Aguilar: «Fray José de Sigüenza y la poesía del siglo XVI», Edad de Oro, 30 [2011], pp. 107-108, n. 49.; y Benito Arias Montano / Fray José de Sigüenza: Poesía castellana. Edición de Ignacio García Aguilar. Huelva: Universidad de Huelva, 2014, pp. 101-102, con la n. 290.)

28.11.14

«El teléfono [...] debe de ser un verdadero rompecabezas.»

Y a propósito de ver: me han dicho que la casa nueva que acaba de comprar la señora de Verdurin tiene alumbrado eléctrico. No me lo ha dicho mi policía particular, no; lo sé por el mismo electricista, por Mildé. Ya ven ustedes que cito autores. Habrá luz eléctrica hasta en las alcobas, con pantallas para tamizar la luz. Realmente es un lujo delicioso. Y es que nuestras contemporáneas necesitan cosas nuevas, como si ya no hubiera bastantes en el mundo. La cuñada de una amiga mía tiene teléfono puesto en su casa. De modo que puede encargar lo que quiera sin salir de su cuarto. Confieso que he intrigado indignamente para que me dejara ir a hablar un día delante del aparato. Es muy tentador, pero me gusta más en casa de una amiga que en la mía. Se me figura que no me gustaría tener el teléfono en mi domicilio. Pasado el primer momento de diversión, debe de ser un verdadero rompecabezas.

(Marcel Proust: A la sombra de las muchachas en flor. Madrid: Alianza, 2014, pp. 240-241. El segundo volumen de En busca del tiempo perdido vio la luz en 1919 y está ambientado en la década de 1880.)

29.9.14

Rico como personaje.

Rico había inspirado el personaje del Profesor del Diestro en Todas las almas. Allí, se describía como un «hombre distinguido, petulante, de cuarenta y tantos años, camisa de Ferré y una muy bien llevada calva». En la siguiente novela de Marías, Corazón tan blanco (1992), los rasgos del Profesor del Diestro se trasladan al Profesor Villalobos, que sin embargo está ahora más caracterizado, como se desprende del hecho de que sea un especialista en pintura y arquitectura del siglo XVIII, y de que se mencione un parecido con el actor George Sanders poco aplicable al modelo original. No obstante, la actitud psíquica del Profesor Villalobos entronca con la que el autor había bosquejado a propósito del Profesor del Diestro: «Era simpático, displicente, formalmente sabio, coqueto, pedante y ameno».

web-f-rico

En Negra espalda del tiempo [Barcelona: DeBolsillo, 2006, pp. 55ss.], Marías ofrece las claves de esas analogías y reproduce una conversación entre el Profesor Rico y él, en este caso sin tamices destinados a evitar la identificación directa. En el transcurso de ese diálogo, Francisco Rico expresa su deseo de convertirse en personaje novelesco con su propio nombre: «no quiero salir en esa novelita tuya como profesor del Diestro ni zarandajas ni nada. Si salgo he de ser yo mismo». A esa petición accede finalmente Marías en Veneno y sombra y adiós. En un episodio de la novela, Deza coincide con el Profesor Rico en Londres, donde este ha acudido para impartir una charla magistral. El Profesor Rico, que responde con cáustico estoicismo a las bufonadas de Rafael de la Garza, se presenta aquí como «una eminencia, un primer espada, y muy severo». La referencia al toreo —que incluye una velada alusión al apelativo Del Diestro— deja paso a una nueva descripción, que prolonga y matiza la de Todas las almas: «un hombre calvo que curiosa y audazmente no se comportaba como calvo, con mirada displicente o incluso hastiada a menudo, debía de vivir muy harto de la ignorancia circundante».

(Luis Bagué Quílez: «Continuidad de los rostros: Javier Marías o la escritura como reconocimiento», R.E.C., 7 [2008-2009], pp. 125-127. Esta reseña hizo que leyese la trilogía. El profesor Rico vuelve a aparecer en Los enamoramientos [Madrid: Alfaguara, 2011, pp. 100ss.] y en Así empieza lo malo. [Madrid: Alfaguara, 2014, cap. III]. En esta entrevista, Rico dice de Javier Marías: «Me hace aparecer en varias novelas [...]. Es unánime la opinión de que son los mejores pasajes de sus novelas y que los demás son un coñazo.»)