17.12.14

Sobre la iconología de la Esperanza.

Verde embeleso de la vida humana,
loca esperanza, frenesí dorado,
sueño de los despiertos intrincado,
como de sueños, de tesoros vana;

alma del mundo, senectud lozana,
decrépito verdor imaginado;
el hoy de los dichosos esperado
y de los desdichados el mañana:

sigan tu sombra en busca de tu día
los que, con verdes vidrios por antojos,
todo lo ven pintado a su deseo;

que yo, más cuerda en la fortuna mía,
tengo en entrambas manos ambos ojos
y solamente lo que toco veo.

(Juan Montero [ed.]: Antología poética del Siglo de Oro. Madrid: Biblioteca Nueva, 2006, p. 455. Cfr. con Paul Zanker: Augusto y el poder de las imágenes. Madrid: Alianza, 2005, p. 287, fig. 190; Raymond Klibansky, Erwin Panofsky y Fritz Saxl: Saturno y la melancolía. Madrid: Alianza, 2006, pp. 224, n. 30 [con la fig. 66] y 369; Lope de Vega: Laurel de Apolo. Edición de Antonio Carreño. Madrid: Cátedra, 2007, p. 451; Octavio Paz: Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. México: F.C.E., 2008, pp. 357, 393; Ignacio García Aguilar: «Fray José de Sigüenza y la poesía del siglo XVI», Edad de Oro, 30 [2011], pp. 107-108, n. 49.; y Benito Arias Montano / Fray José de Sigüenza: Poesía castellana. Edición de Ignacio García Aguilar. Huelva: Universidad de Huelva, 2014, pp. 101-102, con la n. 290.)

28.11.14

«El teléfono [...] debe de ser un verdadero rompecabezas.»

Y a propósito de ver: me han dicho que la casa nueva que acaba de comprar la señora de Verdurin tiene alumbrado eléctrico. No me lo ha dicho mi policía particular, no; lo sé por el mismo electricista, por Mildé. Ya ven ustedes que cito autores. Habrá luz eléctrica hasta en las alcobas, con pantallas para tamizar la luz. Realmente es un lujo delicioso. Y es que nuestras contemporáneas necesitan cosas nuevas, como si ya no hubiera bastantes en el mundo. La cuñada de una amiga mía tiene teléfono puesto en su casa. De modo que puede encargar lo que quiera sin salir de su cuarto. Confieso que he intrigado indignamente para que me dejara ir a hablar un día delante del aparato. Es muy tentador, pero me gusta más en casa de una amiga que en la mía. Se me figura que no me gustaría tener el teléfono en mi domicilio. Pasado el primer momento de diversión, debe de ser un verdadero rompecabezas.

(Marcel Proust: A la sombra de las muchachas en flor. Madrid: Alianza, 2014, pp. 240-241. El segundo volumen de En busca del tiempo perdido vio la luz en 1919 y está ambientado en la década de 1880.)

29.9.14

Rico como personaje.

Rico había inspirado el personaje del Profesor del Diestro en Todas las almas. Allí, se describía como un «hombre distinguido, petulante, de cuarenta y tantos años, camisa de Ferré y una muy bien llevada calva». En la siguiente novela de Marías, Corazón tan blanco (1992), los rasgos del Profesor del Diestro se trasladan al Profesor Villalobos, que sin embargo está ahora más caracterizado, como se desprende del hecho de que sea un especialista en pintura y arquitectura del siglo XVIII, y de que se mencione un parecido con el actor George Sanders poco aplicable al modelo original. No obstante, la actitud psíquica del Profesor Villalobos entronca con la que el autor había bosquejado a propósito del Profesor del Diestro: «Era simpático, displicente, formalmente sabio, coqueto, pedante y ameno».

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En Negra espalda del tiempo [Barcelona: DeBolsillo, 2006, pp. 55ss.], Marías ofrece las claves de esas analogías y reproduce una conversación entre el Profesor Rico y él, en este caso sin tamices destinados a evitar la identificación directa. En el transcurso de ese diálogo, Francisco Rico expresa su deseo de convertirse en personaje novelesco con su propio nombre: «no quiero salir en esa novelita tuya como profesor del Diestro ni zarandajas ni nada. Si salgo he de ser yo mismo». A esa petición accede finalmente Marías en Veneno y sombra y adiós. En un episodio de la novela, Deza coincide con el Profesor Rico en Londres, donde este ha acudido para impartir una charla magistral. El Profesor Rico, que responde con cáustico estoicismo a las bufonadas de Rafael de la Garza, se presenta aquí como «una eminencia, un primer espada, y muy severo». La referencia al toreo —que incluye una velada alusión al apelativo Del Diestro— deja paso a una nueva descripción, que prolonga y matiza la de Todas las almas: «un hombre calvo que curiosa y audazmente no se comportaba como calvo, con mirada displicente o incluso hastiada a menudo, debía de vivir muy harto de la ignorancia circundante».

(Luis Bagué Quílez: «Continuidad de los rostros: Javier Marías o la escritura como reconocimiento», R.E.C., 7 [2008-2009], pp. 125-127. Esta reseña hizo que leyese la trilogía. El profesor Rico vuelve a aparecer en Los enamoramientos [Madrid: Alfaguara, 2011, pp. 100ss.] y en Así empieza lo malo. [Madrid: Alfaguara, 2014, cap. III]. En esta entrevista, Rico dice de Javier Marías: «Me hace aparecer en varias novelas [...]. Es unánime la opinión de que son los mejores pasajes de sus novelas y que los demás son un coñazo.»)

26.8.14

«A los tiburones no les gusta devorar hombres.»

A los tiburones no les gusta devorar hombres. La carne humana no es de su agrado. En la mayoría de los casos, al primer bocado, decepcionados, se van. Por eso hay muchos casos de personas que, siempre que no hayan sucumbido al pánico, han logrado sobrevivir al ataque de un tiburón habiendo perdido solamente un brazo o una pierna.

(Haruki Murakami: «Hanalei Bay», en Sauce ciego, mujer dormida. Barcelona: Tusquets, 2013 [eBook].)
El mundo de la música es la tumba de los niños prodigio.

(Haruki Murakami: «Viajero por azar», en Sauce ciego, mujer dormida. Barcelona: Tusquets, 2013 [eBook].)

22.8.14

Un Real Sociedad-Barcelona de 1928.

Pero de pronto, dejando a un lado alas y tinieblas, hice una oda a un futbolista —«Platko»—, heroico guardameta en un partido entre el Real de San Sebastián y el Barcelona. Fue en Santander: 20 de mayo de 1928. Allí fui con Cossío a presenciarlo. Un partido brutal, el Cantábrico al fondo, entre vascos y catalanes. Se jugaba al fútbol, pero también al nacionalismo. La violencia por parte de los vascos era inusitada. Platko, un gigantesco guardameta húngaro, defendía como un toro el arco catalán. Hubo heridos, culatazos de la Guardia Civil y carreras del público. En un momento desesperado, Platko fue acometido tan furiosamente por los del Real que quedó ensangrentado, sin sentido, a pocos metros de su puesto, pero con el balón entre los brazos. En medio de ovaciones y gritos de protesta, fue levantado en hombros por los suyos y sacado del campo, cundiendo el desánimo entre sus filas al ser sustituido por otro. Mas, cuando ya el partido estaba tocando a su fin, apareció Platko de nuevo, vendada la cabeza, fuerte y hermoso, decidido a dejarse matar. La reacción del Barcelona fue instantánea. A los pocos segundos, el gol de la victoria penetró por el arco del Real, que abandonó la cancha entre la ira de muchos y los desilusionados aplasos de sus partidarios. Por la noche, en el hotel, nos reunimos con los catalanes. Se entonó «Els segadors» y se ondearon banderines separatistas. Y una persona que nos había acompañado a Cossío y a mí durante el partido, cantó, con verdadero encanto y maestría, tangos argentinos. Era Carlos Gardel.

(Rafael Alberti: La arboleda perdida. Primera parte. Barcelona: Círculo de Lectores, 2003, pp. 305-306.)

20.8.14

«Dámaso Alonso [...] era un gran putañero.»

Dámaso Alonso, un joven, entonces, de prematura madurez, con un extraordinario talento, padecía de desilusión, de una incomprensible falta de seguridad en sí mismo, rayana a veces en lo trágico. Le acomplejaba sobre todo su figura: baja, rechoncha, coronada por una calvicie en visible aumento. Hasta le hacía sufrir su segundo apellido —Redondas—, que conocí de pronto y no por él precisamente. Bebía más de la cuenta, cosa que disgustaba a su madre, y era un gran putañero. Se hablaba ya de él como de un pequeño fenómeno de erudición y sabiduría. Su memoria era inmensa —aún más que la que yo padezco—, habiendo llegado a saberse, en la época de nuestro entusiasmo gongorismo, las Soledades y el Polifemo de don Luis sin un solo tropiezo. Estaba dotado para la poesía como el mejor, aunque escribiera poco, a causa de un sentido autocrítico exagerado y de aquella especie de desengaño e inseguridad que lo aplastaban. Le tomé mucho cariño. A él le debo muchas cosas. Una, fundamental, sobre todas: me dio a conocer a Gil Vicente, quien todavía refresca mis canciones de estos últimos años. El libro que me dejó aquella tarde era muy bueno, lejos ya de todo alboroto ultraístico y anunciando el perfil español y sereno que habría de distinguir a nuestra generación. Más cerca de Antonio Machado que de Juan Ramón Jiménez, Poemas puros. Poemillas de la ciudad [1921], por su temblor humano, extremada economía de expresión y sencillez, abrió cauces hacia la gran poesía de aquella década. Muchos quizás —hasta incluyendo al mismo Dámaso— no lo recuerden. Yo sí. Tanto, que aún hoy puedo repetir de memoria algunos de los sonetos y estrofillas que aprendí aquella misma noche de su visita en una tarde invernal de 1921.

(Rafael Alberti: La arboleda perdida. Primera parte. Barcelona: Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2003, pp. 178-179.)