1.8.14

«Luis Alberto de Cuenca ha escrito [...] la letra de bastantes canciones de la Orquesta Mondragón.»

Entre sus múltiples talentos y actividades, [Luis Alberto] de Cuenca ha escrito también la letra de bastantes canciones de la Orquesta Mondragón.

(Trevor J. Dadson: Breve esplendor de mal distinta lumbre. Estudios sobre poesía española contemporánea. Sevilla: Renacimiento, 2005, p. 119, n. 22.)

Algunos episodios de travestismo literario e histórico.

Enumero a continuación algunos episodios de travestismo literario e histórico con los que me he tropezado en fechas recientes. Marco con asterisco aquellos donde las alusiones a la homosexualidad son explícitas. Convendría considerar aparte caracteres «viriloides» similares a Vasilisa Popovna [A. N. Afanásiev: El pájaro de fuego y otros cuentos populares rusos. Madrid: Alianza, 2009, pp. 220ss.] o La serrana de la Vera, de Luis Vélez de Guevara; sobre ellos, véase Julio Caro Baroja: Ensayo sobre la literatura de cordel. Madrid: Istmo, 1990, p. 121.

Tal vez habría que comenzar con el caso de Hércules [Lope de Vega: Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos. Edición de Juan Manuel Rozas y Jesús Cañas Murillo. Madrid: Castalia, 2005, p. 273, n. a los vv. 13-14]. Jean-Pierre Vernant alude de pasada a los de Aquiles y Kaineo [Mito y pensamiento en la Grecia antigua. Barcelona: Ariel, 2007, p. 38, n. 73]. Rosemary y Darroll Pardoe citan a su vez a Tiresias y, más por extenso, a diez o doce santas travestidas [The Female Pope. The Mystery of Pope Joan. Wellingborough, Northamptonshire: Crucible, 1988, pp. 65 y 59-63, 96-97, respectivamente. Cfr. con Pedro Ribadeneyra: Vidas de santos. Antología del «Flos sanctorum». Edición de Olalla Aguirre y Javier Azpeitia. Madrid: Lengua de Trapo, 2000, pp. 87, 91ss., 113ss., 242]. También se acuerdan de Dt., 22, 5: «La mujer no llevará vestidos de hombre y el hombre no llevará vestidos de mujer, pues son cosas aborrecibles a los ojos del Señor, tu Dios». Había leyes civiles similares [Julio Caro Baroja: Los moriscos del reino del Reino de Granada. Madrid: Istmo, 2000, p. 163].

El travestismo, por supuesto, estaba en el orden del día durante el Carnaval [Peter Burke: La cultura popular en la Europa moderna. Madrid: Alianza, 2005, cap. 7]; se documenta también en algún cuento de los de Afanásiev [El pájaro de fuego y otros cuentos populares rusos..., pp. 233ss.];  en El Decamerón de Boccaccio: II, 3 [*]; II, 9; en María de Zayas [Novelas amorosas y ejemplares. Desengaños amorosos. Edición de Estrella Ruiz-Gálvez Priego. Madrid: Biblioteca Castro, 2001, pp. 338ss.]; etc.

Francisco de Araoz escribe: «vir Comicus vestibus mulieris vel mulier viri alternatim indui prohibeantur, necesse est, quo non parva occasio humanae fragilitati exhibetur libidinis etiam nefandae Deo et hominibus execrabilis» [José Solís de los Santos: El ingenioso bibliólogo don Francisco de Araoz. Sevilla: Universidad de Sevilla, 1997, p. 72; cfr. con José de Cañizares: El anillo de Giges. Edición de Joaquín Álvarez Barrientos. Madrid: C.S.I.C., 1983, pp. 18, n. 13, y 47-48]. El motivo, en efecto, daba lugar a comedias enteras, como Don Gil de las calzas verdes, de Tirso. Con mayor frecuencia inspira solo escenas concretas. En el «Acto tercero» de Los mal casados de Valencia, de Guillén de Castro [*], hay dos casos: Elvira, disfrazada de criado, intima con don Álvaro; otro criado los ve, y exclama: «¿Esto es España o Sodoma? / ¡Oh, sagrada Inquisición! / Mi amo y Antonio son / licenciados de Mahoma» [Edición de Luciano García Lorenzo. Madrid: Castalia, 1998, p. 243]; Pierres, criado francés, se disfraza de dama y llega a seducir, mal de su grado, a Galíndez [ibídem, pp. 288ss.]. A propósito de cierta ficticia representación de La tercera de sí misma (1626), de Mira de Amescua, escribe Alonso de Castillo Solórzano: «El desenfado de representar en diferente hábito siempre fue reprobado, pues sólo sirve de anzuelo de voluntades y motivo de lascivos pensamientos» [Las harpías en Madrid. Edición de Pablo Jauralde Pou. Madrid: Castalia, 1985, p. 131].

En As you like it, de William Shakespeare, el actor que interpretaba a Rosalinda hacía de mujer que hacía de hombre que hacía de mujer. El tipo frecuenta también el drama francés [Jean Rousset: Circe y el pavo real. La literatura del Barroco en Francia. Barcelona: Acantilado, 2009, pp. 79ss.] y los pliegos sueltos españoles [Julio Caro Baroja: Ensayo sobre la literatura de cordel..., p. 114].

El motivo, en efecto, dista de ser exclusivo del drama. Recuérdese, por ejemplo, el caso de Ismenia, en la Jerusalén conquistada (1609) de Lope [Elizabeth B. Davis: Myth and Identity in the Epic of Imperial Spain. Columbia and Missouri: University of Missouri Press, 2000, pp. 185ss].

Algunas de las mujeres vestidas de hombre alcanzaron enorme popularidad: sobre la famosísima Catalina de Erauso véanse, por ejemplo, Irving A. Leonard: Baroque Times in Old Mexico. Ann Arbor: The University of Michigan Press, 1959, pp. 108-109; y Joaquín Álvarez Barrientos: El crimen de la escritura. Una historia de las falsificaciones literarias españolas. Madrid: Abada, 2014, pp. 205ss. En el Laurel de Apolo de Lope, a su vez, se cuentan la vida y milagros de cierta Feliciana, que «mintiendo su nombre, / y transformada en hombre / oyó filosofía», etc., etc. [Edición de Antonio Carreño. Madrid: Cátedra, 2007, pp. 259ss.; la cita, en la p. 260. Cfr. con Simon A.Vosters: «Lope de Vega y las damas doctas», en Carlos H. Magis (ed.): Actas del III Congreso Internacional de Hispanistas. México: El Colegio de México, 1970, p. 913; y con Carmen Martín Gaite: Usos amorosos del dieciocho en España. Barcelona: Anagrama, 1994, pp. 249-250. Parece que sor Juana fantaseaba con lo mismo.]. En las pp. 307ss., el Fénix inserta su versión de la fábula de Calisto, donde Zeus se traviste de Diana con erótico resultado; conozco también las version de don Diego de la Cueva y Aldana y Juan de Moncayo, marqués de San Felices.

Es menos habitual que los hombres se disfracen de mujeres; véanse, sin embargo, María de Zayas, Novelas amorosas y ejemplares. Desengaños amorosos..., pp. 468ss., 580ss. [*]; y M. Peña Díaz y F. Bruquetas: Pícaros y homosexuales en la España moderna. Barcelona: DeBolsillo, 2005, pp. 128-129.

Algo de bibliografía, pero poco.- Carmen Bravo-Villasante: La mujer vestida de hombre en el teatro español. Madrid: Revista de Occidente, 1955; Julio Caro Baroja: Ensayo sobre la literatura de cordel..., p. 138, n. 156; María Jesús Zamora Calvo: «In virum mutata est. Transexualidad en la Europa de los siglos XVI y XVII», Bulletin Hispanique, 110.2 (2008), pp. 431-447. Véanse también, más abajo, los comentarios.

31.7.14

«Homero [...] vino a España» (!).

Sobre eso, a mí me parece que a ninguna nación debiera, en este punto, ceder la nuestra. Pues vino a ilustarla aquel proclamado príncipe de los poetas, Homero. Así me lo asegura el historiador general de España, Florián Ocampo, en su libro 2, al fin del capítulo 1, página 65, donde verá el curioso cuándo, cómo y por qué vino a España. Y que quedó tan complacido de ella que en ella puso los Campos Elisios, que tanto celebra en sus obras [...]. Habiendo, pues, Homero venido desde Grecia a España y sembrado en ella, con las diestras manos de las musas, las semillas de su perfecta poesía, parece que, después de los griegos, los ingenios españoles debieran ser siempre los primeros en coger sus fértiles frutos.

(Ignacio de Luzán: La poética. Edición de Russell P. Sebold. Madrid: Cátedra, 2008, pág. 127. Efectivamente, el bueno de Florián de Ocampo escribe:
Las otras naciones eso mesmo que sabían alguna noticia de España renovaron también sus contrataciones en ella, si de antes tenían alguna: señaladamente los griegos, que nunca dejaron de la visitar, entre los cuales hallo memoria de cierto navegante llamado Mentes, en cuyos navíos y compañía vino casi por estos días en España un gran poeta llamado Melesígenes, a quien después dijeron Homero, el más excelente y artificioso de cuantos poetas hubo jamás. Puesto que muchos otros autores anden tan discrepantes en señalar el tiempo de este poeta, que lo ponen algunos trescientos años adelante de lo que ponemos aquí, otros más y otros menos, según se les antoja. Pero, en cualquiera sazón que fuese, parece de sus escrituras haber quedado tan satisfecho de los bienes y fertilidad de España, la cual ya cuando él vino estaría restituida en su facundia y fertilidad acostumbrada, que certificó por aquellas sus obras ser en el Andalucía los Campos Elisios, donde los antiguos creían que los dioses enviaban las ánimas de los bienaventurados para darles allí galardón y premio de los bienes y virtudes que hicieron en esta vida mundana.
También se hace eco de la patraña Gregorio de Argaiz, en Corona real de España [1668]; véase Joaquín Álvarez Barrientos: El crimen de la escritura. Una historia de las falsificaciones literarias españolas. Madrid: Abada, 2014, p. 146.)

26.7.14

«El gesto surrealista más simple.»

El gesto surrealista más simple consiste en salir a la calle revólver en mano y disparar al azar contra la gente.

(André Breton, a través de Luis Buñuel: Mi último suspiro. Barcelona: DeBolsillo, 2012, p. 157. La declaración aparece, concretamente, en el comienzo del «Segundo manifiesto» [1930]: véase André Breton: Manifiestos del surrealismo. Madrid: Visor, 2009, p. 139.)

10.7.14

¿«Dibujo de la muerte» o «Debajo de la muerte»?


Circula la especie de que Dibujo de la muerte (1967, 1971) iba a llamarse Debajo de la muerte, y que la denominación del primer y más conocido libro de poemas de Guillermo Carnero resulta, en consecuencia, del descuido del impresor. No hemos conseguido rastrear el origen de la anécdota, cuya veracidad debe ponerse en cuestión. Es posible que derive de la utilización continua del sintagma «debajo de la muerte» en la composición «Muerte en Venecia»; el sintagma «dibujo de la muerte» no aparece, en cambio, en el libro homónimo, aunque sí en el inmediatamente posterior: El sueño de Escipión, de 1971. En nuestra opinión, en cualquier caso, el nombre de la obra viene de los siguientes versos de Bocángel:
Mas esta misma flor, si por extraña
impiedad del arado, si por suerte,
su pompa mano aleve desengaña,
dibujo se hace infausto de la muerte, [etc.]
Bocángel —sin originalidad excesiva— concibe la rosa, a la vez, como símbolo de la belleza y como emblema o representación de la caducidad, esto es, como «dibujo de la muerte». Estos, hermosura y podredumbre, son los dos temas fundamentales del poemario de Guillermo Carnero, y su insistencia sobre la ecfrasis o descripción de obras de arte se debe, sin más, a que son hermosas, pero se han sustraído a la corrupción de la vida.

(Aurea Poesis. Estudios para Begoña López Bueno. Edición de Luis Gómez Canseco, Juan Montero y Pedro Ruiz Pérez. Córdoba-Sevilla-Huelva: Universidades, 2014, pp. 342-343.)

7.7.14

«Menéndez Pelayo [...] fue toda la vida un borrachín.»

—Lo que tengo que hacer en el mundo no es compatible con el matrimonio. Usted, que sabe tanto, no puede ignorar que la ciencia es una ocupación de solteros. Los hombres de ciencia deberíamos formar una especie de monacato, como en la Edad Media.
A don Baldomero le dio la risa; una risa alegre y picarona, de estar en el secreto.
—¡El monacato! ¡Pues buenos estaban los monjes! Como usted sabe, eso del voto de castidad...
—No me refiero a la castidad, sino a la familia. Lo que el hombre de ciencia debe evitar son las obligaciones familiares.
—Ya. Como Menéndez Pelayo, que nunca se casó, pero que fue toda la vida un borrachín —hizo una mueca y añadió—: A los curas no les gusta que se diga esto de Menéndez Pelayo, pero es la pura verdad.

(Gonzalo Torrente Ballester: Los gozos y las sombras. Madrid: Alfaguara, 2007, p. 689.)

15.6.14

«Una vez hubo un Louis Armstrong.»

Una vez hubo un Louis Armstrong que tocaba sus hermosas frases en el barro de Nueva Orleans; antes que él, estaban los músicos locos que habían desfilado en las fiestas oficiales y convertido las marchas de Sousa en ragtime. Después estaba el swing, y Roy Eldridge, vigoroso y viril, que tocaba la trompeta y sacaba de ella todas las ondas imaginables de potencia y lógica y sutileza... Miraba su instrumento con ojos resplandecientes y amorosa sonrisa y transmitía con él al mundo del jazz. Después había llegado Charlie Parker, un niño de la cabaña de su madre en Kansas City, que tocaba su agudo alto entre los troncos, que practicaba los días lluviosos, que salía para escuchar el viejo swing de Basie y Benny Moten, en cuya banda estaban Hot Lips Page y los demás... Charlie Parker dejó su casa y fue a Harlem y conoció al loco de Thelonius Monk y al más loco aún de Gillespie... Charlie Parker en sus primeros tiempos cuando flipeaba y daba vueltas mientras tocaba. Era algo más joven que Lester Young, también de Kansas City, ese lúgubre y santo mentecato en quien queda envuelta toda la historia del jazz; mientras mantuvo el saxo tenor en alto y horizontal era el más grande tocándolo, pero a medida que le fue creciendo el pelo y se volvió perezoso y despreocupado, el instrumento cayó cuarenta y cinco grados, hasta que finalmente cayó del todo y hoy lleva zapatos de suelas muy gruesas y no puede sentir las aceras de la vida y apoya el saxo contra el pecho y toca fríamente y con frases muy fáciles. Esos eran los hijos de la noche bop americana.

(Jack Kerouac: En el camino. Barcelona: Anagrama, 2013, pp. 310-311.)

8.6.14

«No había adónde ir.»

No había adónde ir excepto a todas partes.

(Jack Kerouac: En el camino. Barcelona: Anagrama, 2013, p. 43.)

26.5.14

La tórtola.

A. Ni posa en ramo verde.

Francisco Rodríguez Marín: Luis Barahona de Soto. Estudio biográfico, bibliográfico y crítico. Madrid: Sucesores de Rivadeneyra, 1903, pp. 824-825:
Cual tórtola que pierde
Su dulce y agradable compañía,
Que sola y sin abrigo está gimiendo,
Y, ajena de alegría,
Ni posa en ramo verde,
Ni en cosa que le vaya pareciendo.
Juan Pérez de Montalbán: Obra no dramática. Edición de José Enrique Laplana Gil. Madrid: Biblioteca Castro, 1999, p. 938:
...la tortolilla que a su esposo pierde
y jura no sentarse en ramo verde...
B. Ni bebe del agua clara.

Cartapacio de Francisco Morán de la Estrella. Edición de Ralph A. DiFranco, José J. Labrador Herráiz y C. Ángel Zorita. Madrid: Patrimonio Nacional, 1989, pp. 188-191:
 401

CARTA DE ALISO PARA LERMA. GREGORIO IÁNEZ

[...]

La tórtola, quando pierde
su marido, es tan avara
del plaçer que nunca para
ni se asienta en rama verde
ni veve del agua clara.
Alonso Núñez de Reinoso: Historia de los amores de Clareo y Florisea y de los trabajos de Isea. Edición de José Jiménez Ruiz. Málaga: Universidad de Málaga, 1997, p. 221:
Tu vida será siempre como la desta sin ventura ave, la queal, viéndose biuda, no possa en ramo verde, ni beve en aguas claras.
Cfr. con Guillén de Castro: Obras completas. Madrid: Biblioteca Castro, 1997, vol. I, p. 109. Véase también Francisco Rico: Textos y contextos. Estudios sobre la poesía española del siglo XV. Barcelona: Crítica, 1990, pp. 1-32.

«Con la lingua già fredda.»

Francesco Petrarca: Triunfos. Edición de Guido M. Cappelli. Madrid: Cátedra, 2003, pp. 158-159:
[V]idi colui che sola Euridice ama,
e lei segue a l’inferno, e, per lei morto,
con la lingua già fredda ancho la chiama.
*** 
[P]ude ver al que amó sólo a Euridice,
seguirla a los infiernos con su muerte
y con la lengua fría aún llamarla.
Garcilaso de la Vega: Poesía completa. Edición de Juan Francisco Alcina. Madrid: Espasa, 1998, p. 303:
Y aun no se me figura que me toca
aqueste oficio solamente en vida,
mas con la lengua muerta y fría en la boca
pienso mover la voz a ti debida.
Alonso Núñez de Reinoso: Historia de los amores de Clareo y Florisea y de los trabajos de Isea. Edición de José Jiménez Ruiz. Málaga: Universidad de Málaga, 1997, p. 234:
Porque, aunque la fortuna me traiga de un trabajo en otro, lexos de mi patria y de otras cosas, no tornará mudable mi voluntad, figurándosseme que no solamente en vida, pero en muerte, con la lengua fría en la boca y con los ojos quebrados, soy obligada a servir y querer aquel GRAN SENNOR de Egypto y a aquellas sus dulces y muy queridas cosas.
Poesía erótica del Siglo de Oro. Edición de Pierre Alzieu, Robert Jammes e Yvan Lissorgues. Barcelona: Crítica, 2000, p. 21:
Ella, que iba a decir: «Mi bien, esfuerza»,
perdió el sentir, faltóle la palabra,
y en el «mi bien…» quedó la lengua fría.
Véase también José María Micó: De Góngora. Madrid: Biblioteca Nueva, 2001, pp. 84-85.