19.7.08

La muerte acechaba a don Luis, que, a principios de 1626, sufrió un episodio de apoplejía que a pique estuvo de acabar con su vida. Nunca se restableció del todo. El poeta, no obstante, recuperó sus capacidades motrices y regresó a Córdoba, donde sus amigos pudieron comprobar, entristecidos, que don Luis olvidaba cosas que acababa de preguntar y presentaba, en fin, signos indudables de haber perdido parte de sus facultades mentales. Luis de Góngora murió el domingo de Pentecostés de 1627. Un amigo, poco antes del óbito, llevó a su lecho de moribundo un hueso de San Álvaro, reliquia que se conservaba en el Convento de San Pablo, para que don Luis confiase en la posibilidad de un milagroso restablecimiento. El poeta respondió: «A otro perro con ese hueso».

(La Córdoba de Góngora. Córdoba: Ayuntamiento de Córdoba, 2008, p. 118.)
La enemistad entre el cordobés y Francisco de Quevedo crecía por momentos. En el invierno de 1625, Quevedo compró la casa en que vivía, de alquiler, don Luis, y expulsó a Góngora de ella. No satisfecho con esto, compuso una silva («Alguacil del Parnaso, Gongorilla») en que afirmaba haber tenido que quemar «como pastillas Garcilasos» para disolver el olor hediondo de Luis de Góngora:

Y págalo Quevedo
porque compró la casa en que vivías,
molde de hacer arpías;
y me ha certificado el pobre cojo
que de tu habitación quedó de modo
la casa y barrio todo,
hediendo a Polifemos estantíos,
coturnos tenebrosos y sombríos,
y con tufo tan vil de Soledades,
que para perfumarla
y desengongorarla
de vapores tan crasos,
quemó como pastillas Garcilasos:
pues era con tu vaho el aposento
sombra del sol y tósigo del viento.


(La Córdoba de Góngora. Córdoba: Ayuntamiento de Córdoba, 2008, p. 121.)

18.7.08

Cuando en el mundo reina el suficiente desorden, nada parece fuera de lugar.

(Don DeLillo: Mao II. Barcelona: Seix Barral, 2008, p. 37.)

16.7.08

«Si por mí llueve, / échenme en el mar y cese».

El Señor dijo a Jonás, hijo de Amitay: «Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y anúnciales que su maldad ha llegado hasta mí». Jonás partió, pero para huir a Tarsis, lejos del Señor. Llegó a Jafa, donde encontró una nave que se dirigía a Tarsis; pagó su pasaje y se embarcó para ir con ellos a Tarsis, huyendo de la presencia del Señor. Pero el Señor desencadenó un fuerte viento sobre el mar, y hubo una borrasca tan violenta que parecía que la nave iba a hacerse pedazos. Los marineros, aterrados, comenzaron a invocar cada uno a su dios; luego echaron al mar la carga para aligerar el peso. Jonás, mientras tanto, que había bajado al fondo de la nave, se había acostado y dormía profundamente. El capitán se acercó a él y le dijo: «¿Qué haces aquí durmiendo? Levántate e invoca a tu dios; a lo mejor ese dios se preocupa de nosotros y no perecemos». Luego los marineros se dijeron unos a otros: «Echemos suertes para saber quién es la causa de esta desgracia». Echaron suertes y la suerte cayó en Jonás.

Jon. 1, 1-7. Cfr. con Julio Cejador y Frauca (ed.): La verdadera poesía castellana. Floresta de la antigua lírica popular. Madrid: Tipografía de la «Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos», 1921-1930, vol. I, p. 141; y, sobre todo, con Cantos épicos rusos. Madrid: Gredos, 2003, pp. 205-206. Vid. además V. Propp: El epos heroico ruso. Madrid: Fundamentos, 1983, vol. I, p. 139:

Sacrificar una víctima al mar, «cebar» al mar, era una antigua costumbre de Novgorod y otros lugares. Encontramos esta costumbre en todos los pueblos cuya vida y bienestar dependía del mar. Sadko echa al mar su «tributo», un barril lleno de oro, plata y perlas. Pero los navíos permanecen inmóviles. El rey del mar quiere una víctima humana.

Indudablemente en tiempos remotos se hacían sacrificios humanos; lo confirma el material de Lipec en su ensayo sobre Sadko. La bylina es el recuerdo poético de usos que existieron realmente en el tiempo. Por ejemplo en el texto de Kirs Danilov se echa pan y sal al mar, como se hacía hasta hace poco tiempo en las regiones de Novgorod (K.D. 28). Es indudable que también se hicieron sacrificios humanos. Sucesivamente la víctima fue sustituida por un animal envuelto en paja que se arrojaba al mar, y el recuerdo de aquellos ritos se ha conservado hasta nuestros días.

OTRAS REFERENCIAS. Miguel de Cervantes: Viaje del Parnaso. Edición de Florencio Sevilla Arroyo y Antonio Rey Hazas. Madrid: Alianza, 1997, pp. 70-71. // Paul Zanker: Augusto y el poder de las imágenes. Madrid: Alianza, 2005, p. 61. // Peter Burke: La cultura popular en la Europa moderna. Madrid: Alianza, 2005, p. 89. // Viajes medievales. Edición de Miguel Ángel Pérez Priego. Madrid: Turner, 2006, vol. II, p. 323 [Andanças e viajes de Pero Tafur]: «e el duce saca un anillo que tiene en el dedo e échalo en la mar. E dizen ellos que esta es una cirimonia antigua, que desposan a la mar con la tierra, esto por aplacar su furia, que ellos en la mar están fundados e en la mar traen cuanto tienen».

13.7.08

CASOSE UN GALÁN CON SU DAMA Y DESPUÉS ANDABA CELOSO

Puso tan grande Amor, si amor se llama,
un hombre, aunque no fue de los Catones,
en una gata, en persiguir ratones
décima de las nueve de la fama,

que a Júpiter, teniéndola en la cama,
porque fuese mujer dio tales dones
que, a fuerza de promesas y oblaciones,
Júpiter la volvió de gata en dama.

Estando, pues, en el estrado un día,
pasó un ratón y, apenas la vislumbre
le dio en los ojos, cuando fue su arpía.

¿De qué tienes, Ricardo, pesadumbre?
Que Cloris ha de ser lo que solía,
porque es naturaleza la costumbre.

(Lope de Vega: Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos. Edición de Juan Manuel Rozas y Jesús Cañas Murillo. Madrid: Castalia, 2005, pp. 294-295.)

10.7.08

Alusiones tempranas a don Quijote.

Lope de Vega: La dama boba. [1613] Edición de Diego Marín. Madrid: Cátedra, 2002, p. 148:

Temo, y en razón lo fundo,
si en esto da, que ha de haber
un don Quijote mujer
que dé que reír al mundo.


Robert Burton: Anatomía de la melancolía. [1621] Madrid: Alianza, 2006, p. 272:

[Q]ue no haga nada como esos enamorados que no leen más que dramas, ociosos poemas, chanzas, Amadís de Gaula, el Caballero del León, Los siete adalides, Palmerín de Oliva, Huon de Burdeos, etc., lo que muchas veces hace que terminen tan locos como don Quijote.


Diego de Colmenares [1624]; a través de Xavier Tubau: Una polémica literaria: Lope de Vega y Diego de Colmenares. Madrid / Frankfurt: Iberoamericana / Vervuert, 2007, p. 209:

Siendo pues la esencia de la poética la ficción, nadie medianamente entendido negará que sean poemas la ficción de Heliodoro, casi todos los diálogos de Luciano, la Transformación de Apuleyo, y en nuestra lengua, el prudente Guzmán de Alfarache, el desgraciado Gerardo y cuantos libros de caballerías avivaron la invención española, hasta su Herodes, don Quijote; que el ser en prosa o verso es acidente.


Francisco de Quevedo: La Hora de todos y la Fortuna con seso. [1633-1635] Edición de Jean Bourg, Pierre Dupont y Pierre Geneste. Madrid: Cátedra, 1987, pp. 149-150:

Marte, don Quijote de las deidades, entró con sus armas y capacete, y la insignia de viñadero enristrada, echando chuzos.


Lope de Vega: Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos. [1634] Edición de Juan Manuel Rozas y Jesús Cañas Murillo. Madrid: Castalia, 2005, p. 132:

Que para don Quijote de Castilla,
desdichas me trujeron a Helicona,
pudiéndome quedar en la Membrilla.


Pedro Calderón de la Barca: El alcalde de Zalamea. [1651] Edición de José María Díez Borque. Madrid: Castalia, 1976, p. 135:

CAPITÁN.- Mas ¿qué ruido es ése?
SARGENTO.- Un hombre
que de un flaco rocinante
se apeó, y en rostro y talle
parece aquel don Quijote
de quien Miguel de Cervantes
escribió las aventuras.

9.7.08

Francisco Murcia de la Llana, médico y comentarista de Aristóteles n. en Priego de Córdoba y m. en Madrid en 1639, fue corrector general de libros de Su Majestad entre 1609 y 1635, año en que delegó funciones en favor de Carlos Murcia de la Llana, su hijo. Comenzó a corregir libros en 1601; antes había sido médico del rey. Su nombre aparece en la mayoría de las obras de Cervantes y en muchas otras ediciones del momento. Era tan conocido como corrector que, en las Varias poesías de don Antonio de Solís y Rivadeneyra (Madrid, 1716, p. 112), pueden leerse estos versos, pertenecientes a cierto romance titulado Retrato del autor, a instancias de una Academia:



Venga el pincel, y el pincel
sea un Murcia de la Llana,
que de mi cuerpo no enmiende
sino apunte, las erratas.


Catedrático de Filosofía en la Universidad de Alcalá, fue, según Francisco Rico, «sujeto tan descuidado como para perder el original de la Vida y hechos del capitán García de Paredes» (El texto del «Quijote». Madrid: Destino, 2005, p. 93; véase también la p. 283, n. 58). Tiene gracia, así las cosas, que Antonio Carreño afirme que su «destreza como corrector es realzada con frecuencia por los autores de la época» y que su «firma aseguraba un control perfecto de las erratas» (Lope de Vega: Laurel de Apolo. Madrid: Cátedra, 2007, p. 113, n. 1; rectifica como puede en la p. 411, n. a los vv. 446-456 de la «Silva octava»). En sus Canciones lúgubres y tristes a la muerte de don Cristóbal de Oñate, de 1622, hubo parte Francisco Cascales. Antonio Carreño, ob. cit., p. 411, n. a los vv. 446-456 de la «Silva octava», alude a otras dos de sus obras: su Traducción a las Súmulas del Doctor Villalpando (Madrid, 1615) y su Discurso político del desempeño del reino (Madrid, 1624). Juan Manuel Rozas y Jesús Cañas añaden, en su ed. de las Rimas [...] de Burguillos (Madrid: Castalia, 2005, p. 104, n. 4), los tres siguientes títulos: Selecta circa libros Aristotelis de Coelo subtilioris doctrinae (Madrid, 1604); Selecta in libros Aristotelis de Generatione et corruptione subtilioris doctrinae (Madrid, 1604); y Compendio de los Metheoros del príncipe de los filósofos griegos y latinos, Aristóteles (Madrid, 1615).

(Mis datos proceden de Lope de Vega: Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos. Edición de Juan Manuel Rozas y Jesús Cañas Murillo. Madrid: Castalia, 2005, p. 104, n. 4; y, sobre todo, de Juan de Jáuregui: Obras. Edición de Inmaculada Ferrer de Alba. Madrid: Espasa, 1973, vol. I, p. 21, n. 4. Reproduzco sin comillas lo referente a los versos de Antonio de Solís. Sobre el padre de Francisco Murcia de la Llana, también célebre, véase Lope de Vega: Laurel de Apolo..., p. 411.)

7.7.08

Tres anti-taurinos del Siglo de Oro.

Juan Rufo: Apotegmas. Edición de Alberto Blecua. Sevilla: Fundación José Manuel Lara, 2006, pp. 83-84:

Decía que aunque los que matan los toros no fuesen nuestros prójimos, y los toros sí, la desigualdad y ventaja de la fuerza y armas naturales habían de hacer aborrecible y lastimoso aquel espectáculo.

Disputóse muy por estenso sobre esta forma de regocijo, y habiendo dicho cada uno su parecer, el suyo fue éste: «Que a mejor librar, tenían las fiestas de toros un tercio de gentilidad, porque sacada la común alegría del pueblo, que es necesaria, y la ocasión de ejercitarse algunos poquísimos caballeros, aquel universal deseo de que los toros fuesen como leones, sin reparar en que siendo así matarían indubitablemente cien hombres o más, bien poco se diferencia de la hambre de los Caribes. Mayormente, siendo caso de fe católica que los que con manifiesto peligro se ponen en los cuernos del toro, aventuran o pierden cuerpo y alma. Y añadió a esto que si lo que se gasta en estos espectáculos se aplicase a precios de justas y torneos, a probarse la juventud en mañas, fuerzas y agilidad; a juegos de cañas y otros tales ejercicios, consiguiéndose mayor fruto y entretenimiento, se evitaría la atrocidad del ver por pasatiempo derramar sangre humana y sangre de españoles. Y si todo lo que es competencia más feroz tiene mayor derecho a entretener y alentar, peleen unas bestias fieras con otras, como se hacía en Roma cuando fue señora del mundo, y no bestias crueles contra el hombre, a quien Dios crió para rey y señor de todas ellas». Este breve discurso se pone aquí a V. A., no por apotegma, sino por advertimiento, con la misma intención que le movió al que le dijo.


Juan Montero (ed.): Antología poética de los siglos XVI y XVII. Madrid: Biblioteca Nueva, 2006, pp. 418-419:

Pretende el alentado joven gloria
por dejar la vacada sin marido,
y de Ceres ofende la memoria.

Un animal a la labor nacido,
y símbolo celoso a los mortales,
que a Jove fue disfraz, y fue vestido;

que un tiempo endureció manos reales,
y detrás de él los cónsules gimieron,
y rumia luz en campos celestiales,

¿por cuál enemistad se persuadieron
a que su apocamiento fuese hazaña,
y a las mieses tan grande ofensa hicieron?

¡Qué cosa es ver un infanzón de España
abreviado en la silla a la jineta,
y gastar un caballo en una caña!

Que la niñez al gallo le acometa
con semejante munición apruebo;
mas no la edad madura y la perfeta.

Ejercite sus fuerzas el mancebo
en frentes de escuadrones; no en la frente
del útil bruto la asta del acebo.


Sobre los inconvenientes del toreo, escribe Gregorio de Alfaro lo que sigue:

El principal es el peligro de muerte, herida o efusión de sangre de que, hablando los doctores, condenan por pecado mortal todo género de regocijo donde hay notable perjuicio del prójimo, y es cierto que, entre todos, ninguno es tan grande como el de los toros, pues de ordinario, aun librando bien, salen muchos hombres heridos y estropeados y otros acaban miserablemente a manos de una fiera bestia, y, lo que es peor, con evidente peligro de condenarse eternamente, pues mueren haciendo un acto temerario y con gran turbación, que no se acuerdan de Dios ni de sí, ni de sus pecados ni de hacer penitencia de ellos. Y crece la culpa de que no hay otra razón ni causa más que un pasatiempo inútil y cruel por el cual a nadie es lícito arriesgar la vida, como lo sería en la guerra y en los ejercicios militares ordenados al bien de la paz y conservación de la República y en la navegación, que es tan necesaria y provechosa.


Y añade, más adelante:

Porque no es otra cosa buscar los toros más bravos, comprarlos por excesivo precio, dar premio a quien los trajese más furiosos, encerrarlos en el coso, proveer de varas y garrochas para irritarlos y embravecerlos, mandar, si son bravos, que nadie los desjarrete, porque duren más en el coso y hagan estragos mayores en los miserables que vinieren a la fiesta, sin entender en el manifiesto perjuicio y destrucción del prójimo. Y no basta decir que no pretendían ellos esto, porque les pesaría si alguno muriese o saliese herido. Porque el que desea que el toro sea un demonio tal que se coma los hombres a bocados, y cuando es flojo y no ha hecho riza, sale disgustado de la fiesta, bien se conoce que no quiere bien alguno para su prójimo, de lo cual hay precepto estrechísimo, sino que le deseó y procuró mucho mal y daño y le pesó de que no le viniese.


(La vida ejemplar de don Francisco de Reinoso, abad de Husillos y obispo de Córdoba. Edición de Joaquín de Entrambasaguas. Valladolid: Cumbre: 1940, pp. 287-288. Cfr. con Peter Burke: La cultura popular en la Europa moderna. Madrid: Alianza, 2005, pp. 302 [Mariana] y 342 [Jovellanos].)
Con las virtudes y los sentimientos unimos espontáneamente una representación antropomórfica; pero ni siquiera en los casos en que el concepto no puede tener para nosotros nada antropomórfico vacila el espíritu medieval en hacer de él una persona. La marcha de la Cuaresma como figura personal contra el ejército del Carnaval no es una creación del cerebro loco de Breughel.



El poema Batalla de don Carnal y doña Cuaresma, en el cual lucha el queso contra las huevas de pescado y el salchichón contra la anguila, pertenece ya al final del siglo XIII, y fue imitado hacia 1330 por el poeta español Juan Ruiz. También el refranero conoce esta Cuaresma: Quaresme fait ses flans la nuit de Pasques [Doña Cuaresma hizo sus flanes en la noche de Pascua]. En otras partes llega el proceso de personificación todavía más lejos. En algunas ciudades del norte de Alemania colgábase en el coro de la iglesia una muñeca que se llamaba Cuaresma; el miércoles antes de Pascua esta «muñeca hambrienta» era retirada durante la misa.

(Johan Huizinga: El otoño de la Edad Media. Madrid: Alianza, 2005, p. 280. Modifico ligeramente la ortografía. Vid. además Peter Burke: La cultura popular en la Europa moderna. Madrid: Alianza, 2005, pp. 266-267 y 295.)

6.7.08

Los reyes de Francia. Los reyes de España.

Juan Rufo: Apotegmas. Edición de Alberto Blecua. Sevilla: Fundación José Manuel Lara, 2006, p. 40:

Era un caballero demasiado de altivo, con la pensión de ser mal quisto, que es el relativo de aquel antecedente. Éste, pues, había tratado mal de palabra y aun de obra a un hombre de buena suerte y obligádole a averiguar quién era. Pues como probase bien su intención y sacase su carta ejecutoria, y otro caballero que lo supo antes se lo viniese a decir, dijo enojado que juraba a tal que nunca aquél saliera con ser hijodalgo, sino por querelle él mal y habelle apuñeado. Juan Rufo, que estaba presente, le dijo entonces: «Si eso es así, mas hace vuesa merced que los Reyes de Francia». Preguntado por qué, respondió: «Porque ellos con santiguar, sanan lamparones, y vuesa merced con puñadas, arma caballeros».


Francisco de Quevedo: La Hora de todos y la Fortuna con seso. Edición de Jean Bourg, Pierre Dupont y Pierre Geneste. Madrid: Cátedra, 1987, p. 273:

Arrebócese su sanar de lamparones el Rey de Francia si sufre por malcontentos mercan fuelles, peines y alfileres, y amuelan cuchillos.


Luis Vélez de Guevara: El diablo Cojuelo. Edición de Ángel R. Fernández e Ignacio Arellano. Madrid: Castalia, 1988, p. 143:

Déjame, don Cleofás, responder a mí, que soy español por la vida, y con quien vengo, vengo, que les quiero con alabanzas del Rey de España dar un tapabocas a estos borrachos, que si leen las historias della, hallarán que por Rey de España tiene virtud de sacar demonios, que es más generosa cirugía que curar lamparones.


Vid. además Eugenio Asensio: La España imaginada de Américo Castro. Barcelona: Crítica, 1992, pp. 76-81 y 147-150; y Peter Burke: La cultura popular en la Europa moderna. Madrid: Alianza, 2005, p. 251.