10.7.14

¿«Dibujo de la muerte» o «Debajo de la muerte»?


Circula la especie de que Dibujo de la muerte (1967, 1971) iba a llamarse Debajo de la muerte, y que la denominación del primer y más conocido libro de poemas de Guillermo Carnero resulta, en consecuencia, del descuido del impresor. No hemos conseguido rastrear el origen de la anécdota, cuya veracidad debe ponerse en cuestión. Es posible que derive de la utilización continua del sintagma «debajo de la muerte» en la composición «Muerte en Venecia»; el sintagma «dibujo de la muerte» no aparece, en cambio, en el libro homónimo, aunque sí en el inmediatamente posterior: El sueño de Escipión, de 1971. En nuestra opinión, en cualquier caso, el nombre de la obra viene de los siguientes versos de Bocángel:
Mas esta misma flor, si por extraña
impiedad del arado, si por suerte,
su pompa mano aleve desengaña,
dibujo se hace infausto de la muerte, [etc.]
Bocángel —sin originalidad excesiva— concibe la rosa, a la vez, como símbolo de la belleza y como emblema o representación de la caducidad, esto es, como «dibujo de la muerte». Estos, hermosura y podredumbre, son los dos temas fundamentales del poemario de Guillermo Carnero, y su insistencia sobre la ecfrasis o descripción de obras de arte se debe, sin más, a que son hermosas, pero se han sustraído a la corrupción de la vida.

(Aurea Poesis. Estudios para Begoña López Bueno. Edición de Luis Gómez Canseco, Juan Montero y Pedro Ruiz Pérez. Córdoba-Sevilla-Huelva: Universidades, 2014, pp. 342-343.)

7.7.14

«Menéndez Pelayo [...] fue toda la vida un borrachín.»

—Lo que tengo que hacer en el mundo no es compatible con el matrimonio. Usted, que sabe tanto, no puede ignorar que la ciencia es una ocupación de solteros. Los hombres de ciencia deberíamos formar una especie de monacato, como en la Edad Media.
A don Baldomero le dio la risa; una risa alegre y picarona, de estar en el secreto.
—¡El monacato! ¡Pues buenos estaban los monjes! Como usted sabe, eso del voto de castidad...
—No me refiero a la castidad, sino a la familia. Lo que el hombre de ciencia debe evitar son las obligaciones familiares.
—Ya. Como Menéndez Pelayo, que nunca se casó, pero que fue toda la vida un borrachín —hizo una mueca y añadió—: A los curas no les gusta que se diga esto de Menéndez Pelayo, pero es la pura verdad.

(Gonzalo Torrente Ballester: Los gozos y las sombras. Madrid: Alfaguara, 2007, p. 689.)

15.6.14

«Una vez hubo un Louis Armstrong.»

Una vez hubo un Louis Armstrong que tocaba sus hermosas frases en el barro de Nueva Orleans; antes que él, estaban los músicos locos que habían desfilado en las fiestas oficiales y convertido las marchas de Sousa en ragtime. Después estaba el swing, y Roy Eldridge, vigoroso y viril, que tocaba la trompeta y sacaba de ella todas las ondas imaginables de potencia y lógica y sutileza... Miraba su instrumento con ojos resplandecientes y amorosa sonrisa y transmitía con él al mundo del jazz. Después había llegado Charlie Parker, un niño de la cabaña de su madre en Kansas City, que tocaba su agudo alto entre los troncos, que practicaba los días lluviosos, que salía para escuchar el viejo swing de Basie y Benny Moten, en cuya banda estaban Hot Lips Page y los demás... Charlie Parker dejó su casa y fue a Harlem y conoció al loco de Thelonius Monk y al más loco aún de Gillespie... Charlie Parker en sus primeros tiempos cuando flipeaba y daba vueltas mientras tocaba. Era algo más joven que Lester Young, también de Kansas City, ese lúgubre y santo mentecato en quien queda envuelta toda la historia del jazz; mientras mantuvo el saxo tenor en alto y horizontal era el más grande tocándolo, pero a medida que le fue creciendo el pelo y se volvió perezoso y despreocupado, el instrumento cayó cuarenta y cinco grados, hasta que finalmente cayó del todo y hoy lleva zapatos de suelas muy gruesas y no puede sentir las aceras de la vida y apoya el saxo contra el pecho y toca fríamente y con frases muy fáciles. Esos eran los hijos de la noche bop americana.

(Jack Kerouac: En el camino. Barcelona: Anagrama, 2013, pp. 310-311.)

8.6.14

«No había adónde ir.»

No había adónde ir excepto a todas partes.

(Jack Kerouac: En el camino. Barcelona: Anagrama, 2013, p. 43.)

26.5.14

La tórtola.

A. Ni posa en ramo verde.

Francisco Rodríguez Marín: Luis Barahona de Soto. Estudio biográfico, bibliográfico y crítico. Madrid: Sucesores de Rivadeneyra, 1903, pp. 824-825:
Cual tórtola que pierde
Su dulce y agradable compañía,
Que sola y sin abrigo está gimiendo,
Y, ajena de alegría,
Ni posa en ramo verde,
Ni en cosa que le vaya pareciendo.
Juan Pérez de Montalbán: Obra no dramática. Edición de José Enrique Laplana Gil. Madrid: Biblioteca Castro, 1999, p. 938:
...la tortolilla que a su esposo pierde
y jura no sentarse en ramo verde...
B. Ni bebe del agua clara.

Cartapacio de Francisco Morán de la Estrella. Edición de Ralph A. DiFranco, José J. Labrador Herráiz y C. Ángel Zorita. Madrid: Patrimonio Nacional, 1989, pp. 188-191:
 401

CARTA DE ALISO PARA LERMA. GREGORIO IÁNEZ

[...]

La tórtola, quando pierde
su marido, es tan avara
del plaçer que nunca para
ni se asienta en rama verde
ni veve del agua clara.
Alonso Núñez de Reinoso: Historia de los amores de Clareo y Florisea y de los trabajos de Isea. Edición de José Jiménez Ruiz. Málaga: Universidad de Málaga, 1997, p. 221:
Tu vida será siempre como la desta sin ventura ave, la queal, viéndose biuda, no possa en ramo verde, ni beve en aguas claras.
Cfr. con Guillén de Castro: Obras completas. Madrid: Biblioteca Castro, 1997, vol. I, p. 109. Véase también Francisco Rico: Textos y contextos. Estudios sobre la poesía española del siglo XV. Barcelona: Crítica, 1990, pp. 1-32.

«Con la lingua già fredda.»

Francesco Petrarca: Triunfos. Edición de Guido M. Cappelli. Madrid: Cátedra, 2003, pp. 158-159:
[V]idi colui che sola Euridice ama,
e lei segue a l’inferno, e, per lei morto,
con la lingua già fredda ancho la chiama.
*** 
[P]ude ver al que amó sólo a Euridice,
seguirla a los infiernos con su muerte
y con la lengua fría aún llamarla.
Garcilaso de la Vega: Poesía completa. Edición de Juan Francisco Alcina. Madrid: Espasa, 1998, p. 303:
Y aun no se me figura que me toca
aqueste oficio solamente en vida,
mas con la lengua muerta y fría en la boca
pienso mover la voz a ti debida.
Alonso Núñez de Reinoso: Historia de los amores de Clareo y Florisea y de los trabajos de Isea. Edición de José Jiménez Ruiz. Málaga: Universidad de Málaga, 1997, p. 234:
Porque, aunque la fortuna me traiga de un trabajo en otro, lexos de mi patria y de otras cosas, no tornará mudable mi voluntad, figurándosseme que no solamente en vida, pero en muerte, con la lengua fría en la boca y con los ojos quebrados, soy obligada a servir y querer aquel GRAN SENNOR de Egypto y a aquellas sus dulces y muy queridas cosas.
Poesía erótica del Siglo de Oro. Edición de Pierre Alzieu, Robert Jammes e Yvan Lissorgues. Barcelona: Crítica, 2000, p. 21:
Ella, que iba a decir: «Mi bien, esfuerza»,
perdió el sentir, faltóle la palabra,
y en el «mi bien…» quedó la lengua fría.
Véase también José María Micó: De Góngora. Madrid: Biblioteca Nueva, 2001, pp. 84-85.

«De pura honestidad templo sagrado...»

Luis de Góngora: Sonetos completos. Edición de Biruté Ciplijauskaité. Madrid: Castalia, 1985, p. 118:
De pura honestidad templo sagrado,
cuyo bello cimiento y gentil muro
de blanco nácar y alabastro duro
fue por divina mano fabricado;

pequeña puerta de coral preciado,
claras lumbreras de mirar seguro,
que a la esmeralda fina el verde puro
habéis para viriles usurpado;

soberbio techo, cuyas cimbrias de oro
al claro Sol, en cuanto en torno gira,
ornan de luz, coronan de belleza;

ídolo bello, a quien humilde adoro,
oye piadoso al que por ti suspira,
tus himnos canta y tus virtudes reza.
Daniel Waissbein [«Ut sculptura poesis en Góngora», Rivista de Filologia e Letterature Ispaniche, 13 (2010), pp. 105-142] sostiene que el soneto va dirigido a cierta reproducción de la imagen de la Virgen de Villaviciosa, obra de Pablo de Céspedes. Discrepo, igual que Giulia Poggi, quien, en su «De la mujer-prisión a la mujer-templo (a propósito del soneto De pura honestidad templo sagrado)» [Luis Gómez Canseco, Juan Montero y Pedro Ruiz Pérez (eds): Aurea Poesis. Estudios para Begoña López Bueno. Córdoba-Sevilla-Huelva, Universidades, 2014, pp. 111-123], analiza el soneto de don Luis en relación con sus fuentes italianas y españolas. En cualquier caso, copio a continuación algunos otros pasajes en los que el cuerpo humano se compara con arquitecturas de diverso tipo:

William Shakeapeare: La tempestad. Edición del Instituto Shakespeare. Madrid: Cátedra, 2005, p. 164:
There’s nothing ill can dwell in such temple.
If the ill spirit have so fair a house,
Good things will strive to dwell with’t.
donde «temple» y «house» son metáforas del cuerpo de Ferdinand; y Antonio y Cleopatra. Edición del Instituto Shakespeare. Madrid: Cátedra, 2001, pp. 606-607:
Sir, I will eat no meat, I’ll not drink, sir;
If idle talk will once be necessary,
I’ll not sleep neither. This mortal house I’ll ruin,
Do Caesar what he can.

***

Señor, no comeré, ni beberé,
y, si aún es necesario decir cosas superfluas,
no dormiré tampoco. Destruiré esta casa mortal
haga lo que haga César.
Guillén de Castro: Obras completas. Madrid: Biblioteca Castro, 1997, vol. I, pp. 531 y 885:
DON JUAN.- ¿Cómo llevará mi vida
el pesar de tu partida
en la carga de mis años?
Derribarála el exceso
de mal tan cierto y propicio,
que es muy viejo este edificio
para sufrir tanto peso.
***

LOTARIO.- ¿No es Camila muy hermosa?
ANSELMO.- ¡Jesús, qué extraña hermosura!
DUQUE.- Es notable arquitectura.
Lope de Vega: Obras poéticas. Edición de José Manuel Blecua. Barcelona: Planeta, 1983, pp. 948-949:
Bruñida al torno, la coluna hermosa
este edificio cándido y rosado
sustentaba con pompa generosa, [etc.]
Francisco Cascales: Epigramas. Paráfrasis a la Poética de Horacio. Observaciones nuevas sobre gramática. Florilegio de versificación. Edición de Sandra I. Ramos Maldonado. Madrid: Akal, 2004, p. 136:
Tú prefieres lo mejor: habitar el Templo del Tonante
para llegar a ser tú misma templo del mismo Dios.
Véase también Las dos redacciones de «Miré los muros de la patria mía».

23.5.14

«La Dama de Elche es la primera mujer que gastó auriculares.»


(Andrés Rodríguez Molero [4º E.S.O.])

«Hay que saber poner música al pentagrama de las arrugas de la frente.»


(Purificación Rivera Cabanillas [4º E.S.O.])

Enamorarse de oídas.

Narrativa popular de la Edad Media. Edición de Nieves Baranda y Víctor Infantes. Madrid: Akal, 1995, p. 86:
Era tanta su belleza y su gentileza y gracia, que no se hallava en todo el imperio otra tal. Y como el dicho micer Persio oyesse la bondad y gentileza y virtud de aquesta doncella, él la amó tanto en su coraçón y en su voluntad, que deliberó de ir a la ciudad de Milán por ver aquella de quien él era enamorado por oídas.
Romancero. Edición de Julio Rodríguez Puértolas. Madrid: Akal, 1992, p. 132:
... enamoróse de Montesinos
de oídas, que no de vista.
Julio Cejador y Frauca (ed.): La verdadera poesía castellana. Floresta de la antigua lírica popular. Madrid: Tipografía de la «Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos», 1921-1930, vol. II, p. 118:
Si sólo de oír tu gala
mi corazón por ti muere,
¿qué hará, dime, zagala,
si algún tiempo te viere?
Alonso Núñez de Reinoso: Historia de los amores de Clareo y Florisea y de los trabajos de Isea. Edición de José Jiménez Ruiz. Málaga: Universidad de Málaga, 1997, p. 101:
Quien entre todos ellos es más tenido y estimado es el pastor Archesilao, que hijo del emperador de Trapisonda se cree ser, porque este es demasiadamente hermoso y muy gran músico, y la infanta lo ama porque se parece con Altayés, que es el mismo a quien ella por oídas en estremo ama y quiere.
Robert Burton: Anatomía de la melancolía. Madrid: Alianza, 2006, pp. 369-370:
Pues hay gentes tan proclives, crédulas y enamoradizas que, si oyen hablar de un hombre o una mujer aparentes, se enamoran antes de verlos, y ello meramente por lo que se les cuenta, como observa Aquiles Tacio. «Es tal su intemperancia y lujuria, que se ven impelidos por lo que oyen como si lo estuvieran viendo». «Calístenes, un caballero joven y rico de Bizancio, ciudad de Tracia, al oír hablar de la bella hija de Leucipo Sóstrato, se enamoró profundamente de ella y, espoleado por su fama y por los rumores de la gente, sintió la necesidad de hacerla su esposa». Y, en ocasiones, algunos se ven extremadamente conmovidos con la lectura, como confiesa un personaje de Luciano: «Nunca he podido leer el pasaje de Jenofonte relativo a Pantea sin sentirme tan conmovido como si me encontrara en su presencia». Tales personas normalmente se fabrican un tipo de belleza a su medida, como hicieron las tres damas de las que Baltasar de Castiglione cuenta [en El cortesano. Edición de Mario Pozzi. Madrid: Cátedra, 2003, pp. 255-256] que se enamoraron de un joven al que nunca habían visto, mas del que habían oído hablar muy bien. Y lo mismo puede ocurrir al oír leer una carta; pues de la escucha nace cierta gracia, como nos explica un filósofo moral, «así como de la contemplación; y también la fantasía puede recibir las especies del amor sólo del relato». «Al igual que el deseo se origina de la vista, así la voluntad nace del oído»: los dos sentidos nos afectan por igual. «A veces amamos incluso a quienes están ausentes», dice Filóstrato, y pone el ejemplo de su amigo Atenodoro, que amaba a una doncella de Corinto sin haberla visto nunca: «no la ve con los ojos, sino con el espíritu».
Algo parecido le ocurre a la protagonista de «Las fortunas de Diana» de Lope: «oyendo tantas alabanzas de Celio, sintió una alteración súbita que blandamente le desmayaba el corazón y le esforzaba la voluntad» [Novelas a Marcia Leonarda. Edición de Marco Presotto. Madrid: Castalia, 2007, p. 50]; también en La Circe nos dice Lope, a propósito de Andrómeda, que «Júpiter [...] por los oídos comenzó a querella» [Obras poéticas. Edición de José Manuel Blecua. Barcelona: Planeta, 1983, p. 727]. En verso, es hermoso el soneto «de un divino entendimiento de Aragón» que sobre este asunto trae María de Zayas y Sotomayor [Novelas amorosas y ejemplares. Desengaños amorosos. Edición de Estrella Ruiz-Gálvez Priego. Madrid: Biblioteca Castro, 2001, pp. 756-757]. Véase asimismo La verdadera poesía castellana..., vol. II, p. 378; Domingo Ynduráin: «Enamorarse de oídas», Serta Philologica F. Lázaro Carreter. Madrid: Cátedra, 1983, vol. II, pp. 489-603; Guillén de Castro: Obras completas. Madrid: Biblioteca Castro, 1997, vol. I, p. 169; Miguel de Cervantes: Don Quijote de la Mancha. Edición de Francisco Rico. Madrid: R.A.E., 2004, p. 611; Geoffrey Chaucer: Cuentos de Canterbury. Madrid: Gredos, 2004, p. 174; Giovanni Boccaccio: El Decamerón. Madrid: Alianza, 2007, pp. 71 y 625-626, pero, sobre todo, 385ss.; Ibn Hazm de Córdoba: El collar de la paloma. Madrid: Alianza, 2007, pp. 125-127; y, desde la perspectiva económico-degradante del siglo XVII, Tirso de Molina: Don Gil de las calzas verdes. Edición de Alonso Zamora Vicente. Madrid: Castalia, 1990, p. 181.