14.6.13

En el texto de Aristóteles.

[Sulla] put to sea with his whole fleet from Ephesus, and two days later landed in Piraeus. After being initiated into the mysteries, he appropiated for himself the library of Apellicon of Teos, which included most of the works of Aristotle and Teophrastus (which were at the time still largely unknown). It is said that after the library had been taken to Rome, the scholar Tyrannion prepared most of the books for publication, and that Andronicus of Rhodes was supplied with copies by him, published the books and also wrote the catalogues which are now in circulation.

(Plutarch: Roman Lives: A Selection of Eight Lives. Oxford: Oxford University Press, 2000 [Kindle edition].)

Solo le digo a vuestra merced [...] que en el mundo andan destrozadas y remendadas mis obras. Que como en mi siglo no teníamos la bellísima ocasión de las imprentas que ahora, cuando me trajo la muerte a este carnero ocultó y guardó mis escritos Teofrasto [...]. Y allí estuvieron ocultas hasta que Lucio Sylla, dictador, compró estas librerías, y para coordinarlas y colocarlas se las dio a Tyrannion, gramático, y este las trasladó mal y de mala manera. Y como faltó mi viva voz corrieron sin aprecio, por la dificultad de los sentidos, hasta que Alejandro Afrodisiense escribió los comentos; a quien se debe la honra de haberme entendido y expurgado. Y así empezaron a leerse y comprenderse mis libros.

(Diego de Torres Villarroel: Correo del otro mundo. Sacudimiento de mentecatos. Madrid: Cátedra, 2000, pp. 171-172.)

12.6.13

El mayor elogio que me dedicaron en toda mi vida fue cuando alguien me preguntó qué «opinaba» y esperó mi respuesta.

(Henry D. Thoureau: Desobediencia civil y otros escritos. Madrid: Alianza, 2012, p. 49.)

11.6.13

«Casi todas las relaciones humanas son [...] situaciones de dominación.»

Casi todas las relaciones humanas son, en el fondo, situaciones de dominación; muy rara vez de equilibrio.

(José Luis Sampedro: El amante lesbiano. Barcelona: DeBolsillo, 2000, p. 164.)

6.6.13

«Pasará el hambre y quedará su leyenda.»

Como dice un proverbio nuestro, pasará el hambre y quedará su leyenda.

(Donato Ndongo: Las tinieblas de tu memoria negra. Madrid: Fundamentos, 2011, p. 93.)

26.5.13

La Celestina se imprimió muchas veces dentro y fuera del reino, y sin embargo es rara.

(Ignacio de Luzán: La poética. Edición de Rusell P. Sebold. Madrid: Cátedra, 2008, pág. 462.)

25.5.13

Los poemas de Homero se parecen a aquellos desiertos dilatados, a aquellos montes y valles, y otros objetos naturales, toscamente grandes y admirables; la Eneida de Virgilio es semejante a un delicioso vergel, en cuya compostura y aseo anduvieron a porfía la naturaleza y el arte; las Transformaciones de Ovidio son como un país encantado por donde a cada paso se encuentran monstruos, prodigios y fantasmas.

(Ignacio de Luzán: La poética. Edición de Russell P. Sebold. Madrid: Cátedra, 2008, p. 281.)

«Homero [...] vino a España» (!).

Sobre eso, a mí me parece que a ninguna nación debiera, en este punto, ceder la nuestra. Pues vino a ilustarla aquel proclamado príncipe de los poetas, Homero. Así me lo asegura el historiador general de España, Florián Ocampo, en su libro 2, al fin del capítulo 1, página 65, donde verá el curioso cuándo, cómo y por qué vino a España. Y que quedó tan complacido de ella que en ella puso los Campos Elisios, que tanto celebra en sus obras [...]. Habiendo, pues, Homero venido desde Grecia a España y sembrado en ella, con las diestras manos de las musas, las semillas de su perfecta poesía, parece que, después de los griegos, los ingenios españoles debieran ser siempre los primeros en coger sus fértiles frutos.

(Ignacio de Luzán: La poética. Edición de Russell P. Sebold. Madrid: Cátedra, 2008, pág. 127.)

2.5.13

«¡Oh, qué vedo!»

Al concluir la guerra civil, la sirvienta que se hizo cargo de mí y de mis hermanos y nos cuidó con el amor y la solicitud de una madre, solía referirnos la historia de un tal Quevedo que, habiéndose bajado las calzas para defecar en un lugar público, de espaldas a los viandantes, fue sorprendido en dicha posición por un distinguido caballero italiano.



«¡Oh, qué vedo!», habría exclamado éste con horror al contemplar el corpus delicti, si se me permite la expresión, con las nalgas en la masa. A lo que habría respondido el español con mal oculto orgullo: «Anda, ¡hasta por el culo me conocen!».

(Juan Goytisolo: Disidencias. Madrid: Taurus, 1992, p. 143. Un alumno de 3º de E.S.O. me volvió a contar este chiste el día 30 de abril de 2013. Véase también Julio Vélez-Sainz: El Parnaso español: canon, mecenazgo y propaganda en la poesía del Siglo de Oro. Madrid: Visor, 2006, p. 94, n. 15.)

26.4.13

Etymologiae: «pasquín».

The history of the pasquinade is quite interesting. «Pasquino» was a damaged ancient bust unearthed in Rome in 1501. There are several anecdotal explanations for his nickname. One account is that a tailor named Pasquino lived where the statue was originally located. His shop was reportedly a notorious gathering place for Rome’s wits. There they would discuss local events and compose impromptu epigrams and poems on them. After Pasquino’s death the statue had to be removed while the streets were being repaired. It was placed next to the old shop and from them on adopted the tailor’s name. Henceforth Paquino, who can still be seen today in Rome’s Piazza di Pasquino, became the «author» of the anonymous satirical epigrams and verses, written either in Latin or in the vernacular, customarily placed on or around the statue. These «Pasquinate» were witty and extremely mordant (often libelous), especially those reproving the vices of Cinquecento popes and their retinues.

(Adrienne Laskier Martin: Cervantes and the Burlesque Sonnet. Berkeley: University of California Press, 1991, pp. 31-32.)

5.4.13

«¡Qué buen tipo ese Dumas!»

¡Qué buen tipo ese Dumas! ¡Y qué distinción de modales! ¿Sabes que ese hombre, si carece de estilo en sus escritos, lo tiene en su persona, y rabiosamente? Él mismo daría pie para un bonito personaje, pero ¡qué lástima que tan hermosa disposición haya caído tan bajo! ¡La mecánica! ¡La mecánica! Producir lo más barato posible, en la mayor cantidad posible, para el mayor número de consumidores. [...] Por mucho que se diga, hay, hasta en las artes, popularidades vergonzosas; la suya, entre ellas.

(Gustave Flaubert: Cartas a Louise Colet. Madrid: Siruela, 2003, p. 67; véase también la p. 289.)