7.6.15

Un cuento es una novela depurada de ripios.

(Horacio Quiroga: Cuentos fantásticos. Paracuellos de Jarama, Madrid: Hermida Editores, 2015, p. 152.)

22.2.15

Los «errores» de Virgilio.

Virgilio: Eneida. Madrid: Gredos, 1997, p. 145:
Trepa entretanto Eneas a un peñasco
y su mirada otea todo el ancho haz del mar por si pudiera divisar a alguno,
acaso a Anteo, bamboleado por el viento o las birremes frigias
o a Capis o a las armas de Caíco destacadas en lo alto de la popa.
Ni una nave a la vista. En cambio ve en la playa tres ciervos;
van vagando; en pos va la manada que pace en larga hilera por el valle.
Se detiene, y empuña raudo el arco y las saetas voladoras
que llevaba a su vera el fiel Acates.
Y primero derriba a los tres ciervos delanteros
que en su empinada testa arbolaban ramosa cornamenta. Luego tira al tropel
y va siguiendo a tiros a la manada dispersa por la fronda del bosque.
Eugenio Asensio: De Fray Luis de León a Quevedo y otros estudios sobre retórica, poética y humanismo. Salamanca: Universidad de Salamanca, 2005, p. 317:
Como el que dize que fue descuydo de Vergilio que Eneas matasse ciervos en África, pues consta de Plinio que en África no avía ciervos. Yo digo al revés, que más cierto es aver ciervos en África, porque Vergilio haze dellos mención, que no los aver porque Plinio lo affirme.
Eugenio Asensio: De Fray Luis de León a Quevedo..., p. 318:
Porque poner Virgilio ciervos en África, no es falta del arte, sino de geografía, cuando no los uviesse: porque supuesto que no uvo ciervos en África, es verisímil que los pudo aver.
Francisco Cascales: Epigramas. Paráfrasis a la Poética de Horacio. Observaciones nuevas sobre gramática. Florilegio de versificación. Edición de Sandra I. Ramos Maldonado. Madrid: Akal, 2004, p. 178:
Horacio recomienda [...] perdonar a los poetas algunas faltas, sobre todo, como opina Aristóteles, si aquéllas son ajenas al arte. Como, por ejemplo, aquella falta de la que se acusa a Virgilio de poner ciervos en África, donde no se los encuentra, según opinan algunos. Lo cierto es que esta falta es excusable, porque si la hubiese cometido contra los preceptos del arte, no hubiese carecido de culpa.
García de Salcedo Coronel: El Polifemo de don Luis de Góngora, comentado. Madrid: Juan González, 1629, ff. 18v.-19r.:
Ygual error de accidente cometió Virgilio en el libro I de su Eneid., donde finge auer hallado Eneas cieruos en África, quando todos los Geógrafos afirman que carece dellos. Plinio: lib. 8, cap. 33: «Ceruos Africa propemodum sola non gignit».
Francisco de Trillo y Figueroa: Neapolisea. Córdoba: Universidad de Córdoba, 2003, p. 25:
Virgilio dixo que Eneas mató en África unos ciervos y allí (como notan sus escoliastes) jamás crió la naturaleza tal especie de animales.
Véase también Eduardo Chivite Tortosa (ed.): La satira contra la mala poesía. Antología de poesía satírica del Siglo de Oro. Córdoba: Berenice, 2008, p. 182; y Góngora vindicado: Soledad primera, ilustrada y defendida. Edición de María José Osuna Cabezas. Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza, 2009, p. 198. Cfr. con Los descuidos de Cervantes.

20.2.15

La cerveza en el Siglo de Oro.

Ya que no teníamos qué roer, no faltaba en qué chupar. Al sabor del caldo nos comíamos el pan. Unas aceitunicas acebuchales, porque se comiesen pocas. Un vino de la Pasión, de dos orejas, que nos dejaba el gusto peor que de cerveza.

(Mateo Alemán: Guzmán de Alfarache. Edición de Francisco Rico. Barcelona: Planeta, 1999, p. 808. Geoffrey Chaucer, en el «Prólogo de la comadre de Bath», escribe: «No, antes de que yo acabe aún beberás de otro tonel que sabrá peor que la cerveza» [Cuentos de Canterbury. Madrid: Gredos, 2004, p. 204]. Alberto Porqueras Mayo [El prólogo como género literario. Madrid: C.S.I.C., 1957, p. 167] cita uno de los prólogos del Estebanillo González: «Lector pío como pollo / o piadoso como Eneas, / o caro como el buen vino / o barato cual cerveza». En Lope de Vega: La Dorotea. Edición de Edwin S. Morby. Madrid: Castalia, 1987, p. 211, n. 165 se citan los dos siguientes pasajes de Pobreza no es vileza, también de Lope: [1.] «Oír cantar en falsete / un hombre con barba negra..., / y que con ojos azules / trate un hombre de pendencias..., / es lo mismo para mí / que hacerme beber cerveza»; [2.] «que en fin cerveza es mujer, / y el vino es hombre». Los santos y santas de Pedro de Ribadeneyra trasiegan con cierto desparpajo. De Santa Lutgardis, por ejemplo, se viene a decir que: «ayunó los siete años continuos, no comiendo sino un poco de pan y bebiendo un poco de cerveza» [Vidas de santos. Antología del «Flos sanctorum». Edición de Olalla Aguirre y Javier Azpeitia. Madrid: Lengua de Trapo, 2000, p. 198].)

9.2.15

Un diagnóstico certero.

Parece haber poca esperanza de rescatar los servicios estatales que proporcionaban certidumbre y seguridad. La libertad de la política estatal se ve permanentemente socavada por los nuevos poderes globales, equipados con las pavorosas armas de la extraterritorialidad, la velocidad de movimiento y la capacidad de evasión/escape; los castigos impuestos por violar la nueva ley global son rápidos y despiadados. De hecho, la negativa a jugar la partida según las nuevas normas globales es el delito más duramente castigado, un crimen que los poderes estatales, atados al suelo por su propia soberanía definida territorialmente, deben evitar cometer a cualquier precio.

Casi siempre ese castigo es económico. Los gobiernos insubordinados, que prefieren las políticas proteccionistas o generosas provisiones públicas para los sectores «económicamente redundantes» de sus poblaciones, y que se resisten a dejar a su país a merced de los «mercados financieros globales» y del «libre comercio global», no reciben préstamos y tampoco se les concede reducción alguna de sus deudas; sus monedas nacionales se convierten en leprosas globales, sufren maniobras especulativas adversas y devaluación forzosa; la bolsa local cae, el país termina acordonado por sanciones económicas y condenado a ser tratado como paria por pasados y futuros socios comerciales; los inversores globales empacan sus pertenencias y se llevan sus valores, dejando a las autoridades locales la tarea de limpiar los restos y de ocuparse de los desempleados.

(Zygmunt Bauman: Modernidad líquida. México: F.C.E., 2013, pp. 196-197.)

6.2.15

«Todo aquello que es consumido es consumido individualmente.»

Es la cooperación la que permite que esfuerzos aislados y dispares se transformen en esfuerzos productivos. En el caso del consumo, sin embargo, la cooperación no sólo es innecesaria, sino absolutamente superflua. Todo aquello que es consumido es consumido individualmente, aun en un salón lleno de gente. En una de las muestras de su versátil genialidad, Luis Buñuel representó el acto de comer, supuesto emblema prototípico de nuestra condición gregaria y asociativa, como el más solitario y secreto de los actos (al contrario de lo que comúnmente se pretende), algo celosamente ocultado de la mirada inquisidora de los otros.

(Zygmunt Bauman: Modernidad líquida. México: F.C.E., 2013, p. 175.)

28.1.15

Requiebros del Siglo de Oro.

Francisco Rodríguez Marín: Luis Barahona de Soto. Estudio biográfico, bibliográfico y crítico. Madrid: Sucesores de Rivadeneyra, 1903, p. 727:
Y llevar un requiebro muy pensado,
Y, en llegando, arrojárselo a la dama:
«¡Qué lindo cuerpo para alanceado!»
«¡Así las vea comer á quien me ama!»
«¡No la querría más fea ó más tocada!»
«¡Tal se tornen las pulgas de mi cama!»
Francisco Rodríguez Marín escribe que:
BARAHONA tomó estos requiebros, á la letra, sin hacer otra cosa que ajustarlos en versos endecasílabos, de entre los que solía usar el vulgo. Las sales son gordas, sí, pero españolísimas. El último, que es el más ingenioso, había sido mencionado en La vida de Lazarillo de Tormes, segunda parte de H. de Luna, cap. X: «Llegamos á la casa donde llevamos el arcón; recibiéronle con grande alegría, particularmente una doncellita cariampollar y repolluda, que tales sean las musarañas de mi cama después de bien harto». Cervantes hizo decir á Sancho en El Ingenioso Hidalgo, parte I, cap. XXX: «...pues monta que es mala la Reina: así se me vuelvan las pulgas en la cama». Y Espinel, en sus Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón, relación I: «Díjole un día un mozalvillo no de mal talle [...]: Así se me tornen las pulgas en la cama».
Véase también Lope de Vega: La Dorotea. Edición de Edwin S. Morby. Madrid: Castalia, 1987, p. 101:
Tienen oro y mujer correspondencia y simpatía; ni hay requiebro que las agrade como decirles que son como un pino de oro.
Y la nota 81:
«Como un pino de oro. Frase con que se explica que alguna persona es bien dispuesta, airosa y bizarra», Dicc. Aut., definición ilustrada con este pasaje. La comparación deriva del pino de oro del diccionario académico, «especie de adorno que antiguamente usaban las mujeres en el tocado».
Cfr. con Julio Cejador y Frauca (ed.): La verdadera poesía castellana. Floresta de la antigua lírica popular. Madrid: Tipografía de la «Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos», 1921-1930, vol. II, p. 48:
¿Es posible
que te muestres tan terrible,
pino de oro,
preciosísimo tesoro
de hermosura?
Con María de Zayas: Novelas amorosas y ejemplares. Desengaños amorosos. Edición de Estrella Ruiz-Gálvez Priego. Madrid: Biblioteca Castro, 2001, p. 581:
Yo lo tendré muy grande en que quedéis en casa, señora hermosa, porque me habéis parecido como un pino de oro, [etc.]
Con Luis Vélez de Guevara / Pedro Calderón de la Barca: La niña de Gómez Arias. Edición de Carmen Iranzo. Valencia: Estudios de Hispanófila, 1974, pp. 89-90:
Como un pino de oro, Antón,
dicen que es el mozo, [etc.]
Con Baltasar Gracián: El Criticón. Edición de Santos Alonso. Madrid: Cátedra, 2013, p. 777:
Determiné començar por un moço rollizo y bello como un pino de oro, [etc.]
Y con Pío Baroja: La feria de los discretos. Madrid: Alianza, 2006, pp. 169-170:
Hace ya la friolera de cincuenta años; mi nariz no andaba al encuentro de la barba, ni me faltaban los dientes, y era yo una moza que había que verme; garrida como un pino de oro y más rubia que las candelas.
Carmen Martín Gaite ha rastreado en la sociedad del Setecientos algunos de los requiebros más utilizados aún a día de hoy: «mona» era cumplido de «petimetres»; «guapa» y «chula», sin embargo, eran piropos propios de «majos». Véase Usos amorosos del dieciocho en España. Barcelona: Anagrama, 1994, passim.

17.1.15

«La del color quebrado».

El argumento de El acero de Madrid guarda relación con una costumbre del Siglo de Oro que no dejaba de sorprender a los forasteros que visitaban la Península.

En la época se consideraba la blancura casi lunar de la tez femenina como algo especialmente seductor. Un sistema para obtener el anhelado color de piel era ingerir arcilla (comer barro), lo que producía una forma de clorosis o anemia que en la época se llamaba opilación. Entre las jóvenes de clase noble comer barro se convirtió en una de esas actitudes patológicas de extremado refinamiento (como la manía de ir en coche de caballos o la pasión por los chapines altos) que suscitó la burla de los escritores y la condena de los moralistas. El barro se podía comer en pastillas confeccionadas con azúcar y ámbar o directamente rompiendo las vasijas de casa, entre las cuales las más preciadas eran los búcaros portugueses de Estremoz.

Para curar la opilación los médicos prescribían a las jóvenes enfermas agua con polvos de hierro. El medicamento se preparaba en casa; había que tomarlo por la mañana, en ayunas, y dar a continuación un largo paseo para mejor asimilar el jarabe, lo que se llamaba pasear el acero.

Lope de Vega: El acero de Madrid. Edición de Stefano Arata. Madrid: Castalia, 2000, pp. 30-31. Véanse en general las pp. 30-35 y, de paso, 109, 115, 118, 176-177 et passim. Véase también Julio Cejador y Frauca (ed.): La verdadera poesía castellana. Floresta de la antigua lírica popular. Madrid: Tipografía de la «Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos», 1921-1930, vol. I, p. 153:
Niña del color quebrado,
o tienes amor o comes barro.
Luis de Góngora: Letrillas. Edición de Robert Jammes. Madrid: Castalia, 1980, p. 55:
Que la del color quebrado
culpe al barro colorado,
bien puede ser;
mas que no entendamos todos
que aquestos barros son lodos,
no puede ser.
Lope de Vega: Las bizarrías de Belisa. Edición de Enrique García Santo-Tomás. Madrid: Cátedra, 2004, p. 135:
Mañanicas de mayo
salen las damas;
con achaque de acero
las vidas matan.
Lope de Vega: La Dorotea. Edición de Edwin S. Morby. Madrid: Castalia, 1987, p. 130:
JUL. ¿Qué traes en esta bolsilla?
CLAR. Unos pedazos de búcaro que come mi señora; bien los puedes comer, que tienen ámbar.
JUL. No los gasto de Portugal.
Cfr. con Obras poéticas del excelentísimo señor don Eugenio Gerardo Lobo. Madrid: Joaquín Ibarra, 1758, pp. 146-147; Lope de Vega: La Dorotea..., pp. 171, 308-309 y 398; Francisco de Quevedo: Poesía original completa. Edición de José Manuel Blecua. Barcelona: Planeta, 1999, pp. 657, 793, 867 y 1023; Poesía erótica del Siglo de Oro. Edición de Pierre Alzieu, Robert Jammes e Yvan Lissorgues. Barcelona: Crítica, 2000, pp. 101, 161, 167 y 178; José María Micó: De Góngora. Madrid: Biblioteca Nueva, 2001, p. 34; María de Zayas y Sotomayor: Novelas amorosas y ejemplares. Desengaños amorosos. Edición de Estrella Ruiz-Gálvez Priego. Madrid: Biblioteca Castro, 2001, p. 45; Lope de Vega: Novelas a Marcia Leonarda. Edición de Marco Presotto. Madrid: Castalia, 2007, p. 128; y Baltasar Gracián: El Criticón. Edición de Santos Alonso. Madrid: Cátedra, 2013, p. 432. Sobre las virtudes anticonceptivas del barro, véase esto.

11.1.15

Los negros a lo cuervo
cantaban al bailar:
cras, cras, cras.

(Julio Cejador y Frauca [ed.]: La verdadera poesía castellana. Floresta de la antigua lírica popular. Madrid: Tipografía de la «Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos», 1921-1930, vol. II, p. 146.)

Dixo, pues, que las almas de los oficiales, especialmente aquellos que nos dexan en cueros cuando nos visten, las daba a cuervos; y como siempre habían mentido diziendo: «Mañana, señor, estará acabado: para mañana sin falta», ahora, prosiguiendo en su misma canción, van repitiendo por castigo y por costumbre aquel su ¡cras, cras! que nunca llega.

(Baltasar Gracián: El Criticón. Edición de Santos Alonso. Madrid: Cátedra, 2013, p. 161. Véase también Eugenio Gerardo Lobo: Obras poéticas líricas. Madrid: Imprenta Real, 1738, p. 130: «y, alternando los cuervos los gemidos / de su infausta mañana, [etc.]». Cfr. con este soneto de Lope.)

27.12.14

«He oído que en Corea se comen los gatos.»

— He oído que en Corea se comen los gatos. ¿Es cierto?
— Yo también lo he oído, pero no conozco a nadie que se haya comido uno.

(Haruki Murakami: Sputnik, mi amor. Barcelona: Tusquets, 2011, p. 120. Véase también Barbara Demick: Querido Líder. Vivir en Corea del Norte. Madrid: Turner, 2011, p. 208: «La carne de perro formaba parte de la dieta tradicional coreana». Cfr. con Gerardo Fernández Juárez y José Manuel Pedrosa [eds.]: Antropologías del miedo. Vampiros, sacamantecas, enterrados vivos y otras pesadillas de la razón. Madrid: Calambur, 2008, pp. 15ss.)

17.12.14

Sobre la iconología de la Esperanza.

Verde embeleso de la vida humana,
loca esperanza, frenesí dorado,
sueño de los despiertos intrincado,
como de sueños, de tesoros vana;

alma del mundo, senectud lozana,
decrépito verdor imaginado;
el hoy de los dichosos esperado
y de los desdichados el mañana:

sigan tu sombra en busca de tu día
los que, con verdes vidrios por antojos,
todo lo ven pintado a su deseo;

que yo, más cuerda en la fortuna mía,
tengo en entrambas manos ambos ojos
y solamente lo que toco veo.

(Juan Montero [ed.]: Antología poética del Siglo de Oro. Madrid: Biblioteca Nueva, 2006, p. 455. Cfr. con Paul Zanker: Augusto y el poder de las imágenes. Madrid: Alianza, 2005, p. 287, fig. 190; Raymond Klibansky, Erwin Panofsky y Fritz Saxl: Saturno y la melancolía. Madrid: Alianza, 2006, pp. 224, n. 30 [con la fig. 66] y 369; Lope de Vega: Laurel de Apolo. Edición de Antonio Carreño. Madrid: Cátedra, 2007, p. 451; Octavio Paz: Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. México: F.C.E., 2008, pp. 357, 393; Ignacio García Aguilar: «Fray José de Sigüenza y la poesía del siglo XVI», Edad de Oro, 30 [2011], pp. 107-108, n. 49.; y Benito Arias Montano / Fray José de Sigüenza: Poesía castellana. Edición de Ignacio García Aguilar. Huelva: Universidad de Huelva, 2014, pp. 101-102, con la n. 290.)