29.9.14

Rico como personaje.

Rico había inspirado el personaje del Profesor del Diestro en Todas las almas. Allí, se describía como un «hombre distinguido, petulante, de cuarenta y tantos años, camisa de Ferré y una muy bien llevada calva». En la siguiente novela de Marías, Corazón tan blanco (1992), los rasgos del Profesor del Diestro se trasladan al Profesor Villalobos, que sin embargo está ahora más caracterizado, como se desprende del hecho de que sea un especialista en pintura y arquitectura del siglo XVIII, y de que se mencione un parecido con el actor George Sanders poco aplicable al modelo original. No obstante, la actitud psíquica del Profesor Villalobos entronca con la que el autor había bosquejado a propósito del Profesor del Diestro: «Era simpático, displicente, formalmente sabio, coqueto, pedante y ameno».

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En Negra espalda del tiempo [Barcelona: DeBolsillo, 2006, pp. 55ss.], Marías ofrece las claves de esas analogías y reproduce una conversación entre el Profesor Rico y él, en este caso sin tamices destinados a evitar la identificación directa. En el transcurso de ese diálogo, Francisco Rico expresa su deseo de convertirse en personaje novelesco con su propio nombre: «no quiero salir en esa novelita tuya como profesor del Diestro ni zarandajas ni nada. Si salgo he de ser yo mismo». A esa petición accede finalmente Marías en Veneno y sombra y adiós. En un episodio de la novela, Deza coincide con el Profesor Rico en Londres, donde este ha acudido para impartir una charla magistral. El Profesor Rico, que responde con cáustico estoicismo a las bufonadas de Rafael de la Garza, se presenta aquí como «una eminencia, un primer espada, y muy severo». La referencia al toreo —que incluye una velada alusión al apelativo Del Diestro— deja paso a una nueva descripción, que prolonga y matiza la de Todas las almas: «un hombre calvo que curiosa y audazmente no se comportaba como calvo, con mirada displicente o incluso hastiada a menudo, debía de vivir muy harto de la ignorancia circundante».

(Luis Bagué Quílez: «Continuidad de los rostros: Javier Marías o la escritura como reconocimiento», R.E.C., 7 [2008-2009], pp. 125-127. Esta reseña hizo que leyese la trilogía. El profesor Rico vuelve a aparecer en Los enamoramientos [Madrid: Alfaguara, 2011, pp. 100ss.] y en Así empieza lo malo. [Madrid: Alfaguara, 2014, cap. III]. En esta entrevista, Rico dice de Javier Marías: «Me hace aparecer en varias novelas [...]. Es unánime la opinión de que son los mejores pasajes de sus novelas y que los demás son un coñazo.»)

26.8.14

«A los tiburones no les gusta devorar hombres.»

A los tiburones no les gusta devorar hombres. La carne humana no es de su agrado. En la mayoría de los casos, al primer bocado, decepcionados, se van. Por eso hay muchos casos de personas que, siempre que no hayan sucumbido al pánico, han logrado sobrevivir al ataque de un tiburón habiendo perdido solamente un brazo o una pierna.

(Haruki Murakami: «Hanalei Bay», en Sauce ciego, mujer dormida. Barcelona: Tusquets, 2013 [eBook].)
El mundo de la música es la tumba de los niños prodigio.

(Haruki Murakami: «Viajero por azar», en Sauce ciego, mujer dormida. Barcelona: Tusquets, 2013 [eBook].)

22.8.14

Un Real Sociedad-Barcelona de 1928.

Pero de pronto, dejando a un lado alas y tinieblas, hice una oda a un futbolista —«Platko»—, heroico guardameta en un partido entre el Real de San Sebastián y el Barcelona. Fue en Santander: 20 de mayo de 1928. Allí fui con Cossío a presenciarlo. Un partido brutal, el Cantábrico al fondo, entre vascos y catalanes. Se jugaba al fútbol, pero también al nacionalismo. La violencia por parte de los vascos era inusitada. Platko, un gigantesco guardameta húngaro, defendía como un toro el arco catalán. Hubo heridos, culatazos de la Guardia Civil y carreras del público. En un momento desesperado, Platko fue acometido tan furiosamente por los del Real que quedó ensangrentado, sin sentido, a pocos metros de su puesto, pero con el balón entre los brazos. En medio de ovaciones y gritos de protesta, fue levantado en hombros por los suyos y sacado del campo, cundiendo el desánimo entre sus filas al ser sustituido por otro. Mas, cuando ya el partido estaba tocando a su fin, apareció Platko de nuevo, vendada la cabeza, fuerte y hermoso, decidido a dejarse matar. La reacción del Barcelona fue instantánea. A los pocos segundos, el gol de la victoria penetró por el arco del Real, que abandonó la cancha entre la ira de muchos y los desilusionados aplasos de sus partidarios. Por la noche, en el hotel, nos reunimos con los catalanes. Se entonó «Els segadors» y se ondearon banderines separatistas. Y una persona que nos había acompañado a Cossío y a mí durante el partido, cantó, con verdadero encanto y maestría, tangos argentinos. Era Carlos Gardel.

(Rafael Alberti: La arboleda perdida. Primera parte. Barcelona: Círculo de Lectores, 2003, pp. 305-306.)

20.8.14

«Dámaso Alonso [...] era un gran putañero.»

Dámaso Alonso, un joven, entonces, de prematura madurez, con un extraordinario talento, padecía de desilusión, de una incomprensible falta de seguridad en sí mismo, rayana a veces en lo trágico. Le acomplejaba sobre todo su figura: baja, rechoncha, coronada por una calvicie en visible aumento. Hasta le hacía sufrir su segundo apellido —Redondas—, que conocí de pronto y no por él precisamente. Bebía más de la cuenta, cosa que disgustaba a su madre, y era un gran putañero. Se hablaba ya de él como de un pequeño fenómeno de erudición y sabiduría. Su memoria era inmensa —aún más que la que yo padezco—, habiendo llegado a saberse, en la época de nuestro entusiasmo gongorismo, las Soledades y el Polifemo de don Luis sin un solo tropiezo. Estaba dotado para la poesía como el mejor, aunque escribiera poco, a causa de un sentido autocrítico exagerado y de aquella especie de desengaño e inseguridad que lo aplastaban. Le tomé mucho cariño. A él le debo muchas cosas. Una, fundamental, sobre todas: me dio a conocer a Gil Vicente, quien todavía refresca mis canciones de estos últimos años. El libro que me dejó aquella tarde era muy bueno, lejos ya de todo alboroto ultraístico y anunciando el perfil español y sereno que habría de distinguir a nuestra generación. Más cerca de Antonio Machado que de Juan Ramón Jiménez, Poemas puros. Poemillas de la ciudad [1921], por su temblor humano, extremada economía de expresión y sencillez, abrió cauces hacia la gran poesía de aquella década. Muchos quizás —hasta incluyendo al mismo Dámaso— no lo recuerden. Yo sí. Tanto, que aún hoy puedo repetir de memoria algunos de los sonetos y estrofillas que aprendí aquella misma noche de su visita en una tarde invernal de 1921.

(Rafael Alberti: La arboleda perdida. Primera parte. Barcelona: Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2003, pp. 178-179.)
Solía leerle mis poemas a alguien mayor que yo, que con frecuencia reposaba a mi lado. Era un francés, estudiante en Madrid, pero que por hallarse tocado de un pulmón también buscaba el aire sano de la sierra. Dieciocho años después, acabada nuestra guerra civil y desterrado yo en París, me vino a saludar, resultando ser nada menos que Marcel Bataillon, el gran hispanista. Me traía, dedicado, su último libro: Erasmo y España [1937], una obra maestra, fundamental para el conocimiento de las ideas en nuestro país durante el siglo XVI.

(Rafael Alberti: La arboleda perdida. Primera parte. Barcelona: Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2003, pp. 171-172. La escena tiene lugar en 1921.)

«La vida fresca y diversa de todo lo popular verdadero.»

Desde entonces recuerdo una canción, cuyo primer verso no comprendí hasta mucho después. Salía de boca del arrumbador, mientras zapateaba ante el portal del recién nacido de barro:
Acuéstate en el pozo,
que vendrás cansado,
y de mí no tengas
penas ni cuidados.
Siempre que a lo largo de mi adolescencia y primeros años juveniles me acudía a la memoria esta estrofilla, no me explicaba bien por qué la Virgen María aconsejaba a su marido San José acostarse en sitio tan peligroso y difícil.
Acuéstate en el pozo...
Por fin, un día, se me aclaró inesperadamente su sentido. Hojeaba yo los Cantos populares españoles de Francisco Rodríguez Marín, deteniéndome en aquella parte dedicada a las coplas y villancicos de Navidad. Allí tropecé, de pronto, al volver una página, con el que Federico reinventaba de manera tan andaluza, disparatada y poética:
Acuéstate, esposo,
que vendrás cansado...
Ese «esposo», que era lo normal, lo lógico del villancico, la atropellada e inconsciente repetición del arrumbador gaditano, lo convirtió «en el pozo», transformación inesperada, variante sorprendente, base de la vida fresca y diversa de todo lo popular verdadero.

(Rafael Alberti: La arboleda perdida. Primera parte. Barcelona: Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2003, pp. 33-34.)

9.8.14

José de Valdivielso y los derechos de autor.

Autores como José de Valdivielso parecen haber recurrido de forma reiterada a la petición de prorrogación del privilegio como forma de preservar el dominio sobre su propia obra. Si se consideran los sucesivos memoriales que presentó en relación a su Romancero espiritual, el poeta toledano recurrió al Consejo como garante no ya de su posible lucro, sino también de la integridad de su obra, la cual, viene a decir, no se aseguraría sin su asistencia a la impresión.

Ya en 1622, cuando se cumplía una década de la princeps toledana del Romancero, se le concedió una prorrogación de privilegio por cuatro años, debiendo suplicar una nueva en 1626. Contra la provisión de éste de concederle entonces sólo licencia por una vez, Valdivielso logró que lo agraciasen con otros cuatro años más de privilegio, dando pie a la edición madrileña de 1627. Cuando la prorrogación de 1626 también pasó, pidió una nueva en 1630, respondiéndole el Consejo que se le daba licencia por una sola vez, lo que llevó al clérigo toledano a suplicar, de nuevo, la revocación de esta decisión.

Los argumentos entonces esgrimidos por José de Valdivielso permiten asegurar que recurría a esta estrategia de continuas prórrogas para garantizarse el mayor dominio de su obra, mostrando una inequívoca defensa de sus derechos como autor y, a lo que parece, como creador. Contra lo que había ordenado inicialmente el Consejo Real en 1630, Valdivielso argumenta que concederle licencia por una sola vez era:
[...] en agrabio suyo porque qualquiera librero puede pedir la dicha licencia y sería en perjuicio de su derecho assí por haberle costado el libro mucho trabajo y ser hacienda suya, como porque si se imprimiese sin orden y asistençia suya se podrían imprimir algunos errores que fuesen en descrédito de su opinión.
Buen conocedor de la mecánica del Consejo, para el que había realizado numerosas aprobaciones, obtuvo lo solicitado y en 1630 volvió a prorrogársele el privilegio de su Romancero espiritual por otro periodo de cuatro años. Importa destacar, no obstante, que la edición madrileña de 1627 fue costeada por Domingo González, porque no parece que Valdivielso no quisiese recurrir a los mismos procedimientos editoriales que otros autores de su tiempo, sino que lo que intentaba evitar era que fuera cualquier librero y no el que se concertase con él quien llevase a las prensas su obra.

(Fernando Bouza: «Dásele licencia y privilegio.» Don Quijote y la aprobación de libros en el Siglo de Oro. Madrid: Akal, 2012, pp. 132-133. Véase también Las Cortes de Cádiz y la propiedad intelectual.)

8.8.14

«Madness and Lust. A Psychoanalytical Approach to Don Quixote» (1983), de Carroll B. Johnson.

More than a quarter of a century has passed since Carroll B. Johnson published his controversial book, Madness and Lust: A Psychoanalytical Approach to Don Quixote. One of its basic tenets was clearly summarized by Daniel Eisenberg: «A bachelor, with only women sharing his house, he is disturbed by the maturation of his niece, and takes refuge first in literature, then in a radical change of life and the deflection of this unacceptable desire to a new object, Dulcinea». Eisenberg follows this summary with two basic objections to the book, mainly that Johnson is psychoanalyzing a character from fiction and that there is no textual proof of the gentleman’s sexual obsession with his niece. Having said this, Eisenberg pronounces it a very good book since it is thought provoking. Other critics follow suit. And even to this day, the book triggers much discussion. In a memorial to Carroll Johnson in the journal Cervantes, Anne Cruz begins her discussion of Johnson’s 1983 book calling it «infamous» and «scandalous». She does, however, turn this around praising «Carroll’s impressive analysis» and his refusal to concede his point, driving «with California plates that defiantly read SOBRINA».

(Frederick de Armas: Don Quixote Among the Saracens. A Clash of Civilizations and Literary Genres. Toronto: University of Toronto Press, 2013 [eBook].)

7.8.14

Los descuidos de Cervantes.

Ellen M. Anderson y Gonzalo Pontón Gijón: «La composición del Quijote» [en: Don Quijote de la Mancha. Edición de Francisco Rico. Barcelona: Crítica, 1998], p. CLXXI:
El ama de don Quijote quema sus libros mientras este duerme; sin embargo, en el párrafo siguiente, el cura y el barbero deciden que «le murasen y tapiasen el aposento de los libros, porque cuando se levantase no los hallase» (I, 6, 89).
***

Francisco Rico: El texto del Quijote. Barcelona: Destino, 2005, p. 130:
El capítulo X se intitula «De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno y del peligro en que se vio con una turba de yangüeses» (I, 10, 34v.), pese a que el combate con don Sancho de Azpeitia ha quedado atrás, en el capítulo IX, y pese a que la zurra de los arrieros queda aún por delante, en el capítulo XV.
Véase también Ellen M. Anderson y Gonzalo Pontón Gijón: «La composición del Quijote»..., p. CLXXIII.

***

Francisco Rico: El texto del Quijote..., p. 142:
Tras zurrarles la badana a los encamisados, don Quijote tiene una explicación con el bachiller Alonso López, «hombre de Iglesia», «natural de Alcobendas», y ordena a Sancho que ayude a sacarlo «de la opresión de la mula», socorro que el escudero complementa informando al maltrecho de quién lo dejó tal. «Con esto se fue el bachiller, y don Quijote preguntó a Sancho que qué le había movido a llamarle el Caballero de la Triste Figura» (I, 19, 83v.). La cuestión da pie a un estupendo diálogo, después del cual la princeps estampa: «Olvidábaseme de decir que advierta vuestra merced que queda descomulgado por haber puesto violentamente las manos en cosa sagrada, iuxta illud: Si quis suadente diabolo, etcétera». Replica don Quijote que ni entiende «ese latín» del canon lateranense y tridentino, ni ha puesto sobre nadie «las manos, sino este lanzón», ni tiene por qué inquietarlo un anatema que no impidió al Cid andar «como muy honrado y valiente caballero. En oyendo esto el bachiller se fue, como queda dicho, sin replicarle palabra» (I, 19, 84).

Se amontonan aquí los rasgos anómalos, comenzando por el hecho de no haberse indicado previamente quién advierte a don Quijote «que queda descomulgado», y continuando con la certeza de que aun si hubiera sido Sancho (y obviamente no es el caso) faltaría por aclarar cómo y por qué está «oyendo esto» el bachiller, que «se fue» en el folio 83v. y cuya partida a esta altura se confirma en el 84.
***

Ellen M. Anderson y Gonzalo Pontón Gijón: «La composición del Quijote»..., p. CLXXV:
No hay lector que deje de advertir que el asno está presente desde el capítulo 7 al 25. En este último se alude a la desaparición de la montura («Bien haya quien nos quitó ahora del trabajo de desenalbardar el rucio», I, 25, 280), pero sin mencionarla de forma explícita, ni mucho menos aclarar sus causas.
Sobre el asno de Sancho, véase sobre todo Francisco Rico: El texto del Quijote..., capítulos V y VI. Según Frederick de Armas [Don Quixote Among the Saracens. A Clash of Civilizations and Literary Genres. Toronto: University of Toronto Press, 2013 (eBook)], la desaparición del asno es deliberada: el objetivo de Cervantes era que los lectores ejerciesen como detectives y adivinasen el destino de la bestia.

***

Ellen M. Anderson y Gonzalo Pontón Gijón: «La composición del Quijote»..., p. CLXXIX:
El epígrafe de 36 anuncia el episodio de los cueros de vino ex post facto.
Véase también Francisco Rico: El texto del Quijote..., pp. 230-231.

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Ellen M. Anderson y Gonzalo Pontón Gijón: «La composición del Quijote»..., p. CLXXX:
En el capítulo 42, el grupo cena por dos veces en una misma noche («Ya en esto estaba aderezada la cena, y todos se sentaron a la mesa, eceto el cautivo y las señoras, que cenaron de por sí en su aposento», I, 42, 496).
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Ellen M. Anderson y Gonzalo Pontón Gijón: «La composición del Quijote»..., p. CLXXXIII:
Después de la aventura de la cueva de Montesinos y el episodio del pueblo de los rebuznadores, en las proximidades de las lagunas de Ruidera, don Quijote y Sancho alcanzan las orillas del Ebro en apenas dos días («Por sus pasos contados y por contar, dos días después que salieron de la alameda llegaron don Quijote y Sancho al río Ebro», II, 29, 867).
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Ellen M. Anderson y Gonzalo Pontón Gijón: «La composición del Quijote»..., p. CLXXXIV:
[T]ras aclarar Sancho el pleito de las caperuzas, el narrador admite que «si la sentencia pasada de la bolsa de ganadero movió a admiración a los circunstantes, esta les provocó a risa» (II, 45, 994). Sin embargo, la sentencia de la bolsa no se menciona hasta unas páginas más abajo, después del episodio del báculo.
Véase también Francisco Rico: El texto del Quijote..., pp. 137-139.

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Gregorio Mayans i Siscar se quiebra de sutil en su enumeración de los supuestos descuidos de Cervantes [Vida de Miguel de Cervantes Saavedra. Edición de Antonio Mestre. Madrid: Espasa, 1972, §§ 94-127]. A las veces, sin embargo, acierta de pleno:
Menos disculpa tiene aver llamado Cervantes Juana Gutiérrez a la mujer de Sancho Panza o Juana Panza, que es lo mismo porque se usa en la Mancha tomar las mugeres el apellido de sus maridos, i reprehender al continuador aragonés porque no sin alguna razón la llamó Mari-Gutiérrez, i llamarla después el mismo Cervantes en todo su segundo tomo Teresa Panza. Aunque yo creo que esto picó en historia verdadera. [§ 100]
Sobre Teresa como nombre rústico, véase Tirso de Molina: Don Gil de las calzas verdes. Edición de Alonso Zamora Vicente. Madrid: Castalia, 1990, p. 139.