14.6.09

Jaime Moll: «El libro, entorno del texto», en Le livre et l'edition dans le monde hispanique, XVIe-XXe siècles. Grenoble: Université Stendhal-Grenoble III, p. 14:

Gótica frente a redonda puede significar texto en romance frente a texto en latín. Es, por ejemplo, el caso del Libro de regimiento de la salud y de la esterilidad de los hombres y mugeres y de las enfermedades de los niños y otras cosas utilíssimas (Valladolid: Sebastián Martínez, 1551) de Luis Lobera de Ávila, donde el texto en romance se compone en letra gótica, mientras que las glosas más eruditas, escritas en latín, lo son en letra redonda. ¿Existirá alguna relación conceptual o ideológica que explique el motivo por el que en la Summa de philosophía natural (Sevilla: Juan de León, 1547) del caballero Alonso de Fuentes un interlocutor del diálogo, Vandalio, se exprese gráficamente en letra gótica mientras que Ethrusco lo hace en redonda?


Véase también Ignacio García Aguilar: Poesía y edición en el Siglo de Oro. Madrid: Calambur, 2009, pp. 68-73. Cfr. con Benedetto Croce: España en la vida italiana del Renacimiento. Sevilla: Renacimiento, 2007, p. 166:

Contrarios también a la bella escritura del Renacimiento, [los españoles] se atenían obstinadamente, como señal de nobleza, a los largos caracteres que llamaban góticos, llenando el papel de inexplicables signos en forma de venablos, de áncoras y de ganchos, los cuales siempre permanecieron indescifrables para Galateo, a quien, cuando los vio por vez primera, le parecieron caracteres fenicios, de los primitivos en materia de escritura humana.

13.6.09

El gran teatro del mundo.

¡Ay, honra, veisme aquí ya
en vuestro teatro puesto,
como todo hombre lo está;
que nacimos para esto
desde que Dios ser nos da!
Uno representa el Papa
con su pontificia capa,
otro, el Rey con su corona, [etc.]

(Lope de Vega: Los comendadores de Córdoba. Edición de Manuel Abad y Rafael Bonilla. Córdoba: Ayuntamiento de Córdoba, [s.a.], p. 171; cfr. con Life and Death [= Miguel de Cervantes: Don Quijote de la Mancha. Edición de Francisco Rico. Madrid: R.A.E., 2004, pp. 631-632], en Laudator Temporis Acti. Véase también Miguel de Unamuno: Amor y pedagogía. Edición de Bénédicte Vauthier y Manuel Otero. Barcelona: Vicens Vives, 2006, p. 62:

Esto es una tragicomedia, amigo Avito. Representamos cada uno nuestro papel; nos tiran de los hilos cuando creemos obrar, no siendo este obrar más que un accionar; recitamos el papel aprendido allá, en las tinieblas de la inconciencia, en nuestra tenebrosa preexistencia; el Apuntador nos guía; el gran tramoyista maquina todo esto...


Cfr. con Séneca: Epístolas morales a Lucilio. Edición de Ismael Roca Meliá. Madrid: Gredos, 2008, vol. I, pp. 465, 485, etc.)

6.6.09

...no sometemos a crítica los motivos que nos impulsan al miedo, ni los ponemos en claro, sino que temblamos y volvemos las espaldas como aquellos soldados a quienes el polvo levantado por los rebaños, en su huida, ahuyentó del campamento o a quienes atemorizó algún rumor esparcido sin fundamento.

(Séneca: Epístolas morales a Lucilio. Madrid: Gredos, 2008, vol. I, p. 145.)
Pues creo que sabes que Platón, gracias a su frugalidad, tuvo la suerte de fallecer el día de su nacimiento y que consumó los ochenta y un años de edad, sin descontar nada. Por este motivo unos magos que casualmente se hallaban en Atenas sacrificaron al difunto, persuadidos de que le había correspondido una suerte superior a la humana, ya que había consumado el número perfecto que resulta de multiplicar nueve por nueve.

(Séneca: Epístolas morales a Lucilio. Madrid: Gredos, 2008, vol. I, pp. 335-336.)

5.6.09

[1.] Esta es mi afirmación: cualquiera que desprecia su vida es dueño de la tuya.

[2.] Nadie ama a su patria porque sea grande, sino por ser la suya.

[3.] Morirás no por estar enfermo, sino por estar vivo.

(Séneca: Epístolas morales a Lucilio. Madrid: Gredos, 2008, vol. I, pp. 105, 375 y 468.)

30.5.09

«Animum debes mutare, non caelum».

...determiné, consultándolo primero con la Grajal, de pasarme a Indias con ella y ver si mudando mundo y tierra mejoraría mi suerte. Y fueme peor, como V. Md. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres.

(Francisco de Quevedo: Historia de la vida del Buscón. Edición de Ignacio Arellano. Madrid: Espasa, 2002, p. 237. Cfr. con Séneca: Epístolas morales a Lucilio. Edición de Ismael Roca Meliá. Madrid: Gredos, 2008, epíst. III, 28 pero esp. p. 214: «Debes cambiar de alma, no de clima». Véase también Alonso de Castillo Solórzano: Las harpías en Madrid. Edición de Pablo Jauralde Pou. Madrid: Castalia, 1985, p. 47: «determinó mudar de tierra por mudar de ventura».)
Once upon a time, a woman was picking up firewood. She came upon a poisonous snake frozen in the snow. She took the snake home and nursed it back to health. One day the snake bit her on the cheek. As she lay dying, she asked the snake: «Why have you done this to me?». And the snake answered: «Look, bitch, you knew I was a snake».

Natural Born Killers [1994], de Oliver Stone. Véase también el «Enxienplo del ortolano e de la culebra» [en Libro de buen amor. Edición de Alberto Blecua. Madrid: Cátedra, pp. 341-343]; «La culebra desagradecida» [en Cuentos latinos de la Edad Media. Madrid: Gredos, 2006, p. 73]; «El hombre y la serpiente» [ibídem, pp. 104-105]; y «De la serpiente colocada en el pecho» [ibídem, pp. 187-188]. Creo que Shakespeare alude dos veces a la fábula en Ricardo II. Véase Edición del Instituto Shakespeare. Madrid: Cátedra, 2005, p. 266:

Snakes in my heart-blood warmed, that sting my heart.


E ibídem, p. 409:

Forget to pity him, lest thy pity prove
A serpent that will sting thee to the heart.


Cfr. con Séneca: Epístolas morales a Lucilio. Edición de Ismael Roca Meliá. Madrid: Gredos, 2008, p. 262: «hasta la serpiente venenosa se manosea sin peligro mientras está rígida por el frío».

24.5.09

Las dos redacciones de «Miré los muros de la patria mía».

Salmo XVII

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de larga edad y de vejez cansados,
dando obediencia al tiempo en muerte fría.

Salíme al campo y vi que el sol bebía
los arroyos del yelo desatados,
y del monte quejosos los ganados,
porque en sus sombras dio licencia al día.

Entré en mi casa; vi que, de cansada,
se entregaba a los años por despojos;
hallé mi espada de la misma suerte;

mi vestidura, de servir, gastada;
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

***


Enseña cómo todas las cosas avisan de la muerte.

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo, vi que el sol bebía
los arroyos del yelo desatados,
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa; vi que, amancillada,
de anciana habitación era despojos;
mi báculo, más corvo y menos fuerte;

vencida de la edad sentí mi espada.
Y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

(Juan Montero [ed.]: Antología poética de los siglos XVI y XVII. Madrid: Biblioteca Nueva, 2006, pp. 406-408 [English translation at Golden Age Sonnets]. Los dos versos finales derivan, como Rico sugirió a Blecua, de Tristia, I, 11, 23: «quocumque adspicio, nihil est, nisi mortis imago» [Francisco de Quevedo: Poesía original completa. Edición de José Manuel Blecua. Barcelona: Planeta, 1999, p. 28, n. 2]; pero el soneto en su conjunto me parece inspirado en Epístolas morales a Lucilio, I, 12, que (¿curiosamente?) comienza: «A dondequiera que vuelvo la mirada...» [Edición de Ismael Roca Meliá. Madrid: Gredos, 2008, vol. I, pp. 136ss.].)

23.5.09

GEBER

Moro inventor de la sutilísima cuenta de la álgebra


Reparte nuestro Señor sus dones naturales como es servido y ve que conviene para bien del género humano; así lo repartió a los gentiles, donde hubo tantos sabios. En el presente sujeto lo repartió a los moros, que así como hace nacer el sol para los buenos y para los malos, y para todos envía su pluvia, así ni más ni menos reparte los dones de la filosofía cómo y cuándo ve que conviene. Fue el moro Geber gran matemático, natural de Sevilla y artífice de su torre mayor, que, aunque él no dejara otro monumento de su ingenio que éste, lo hiciera memorable en los siglos; mas como esta obra tuvo sus profundas raíces en la ciencia que el artífice profesaba, declaró lo que pudo alcanzar en tales artes; pero no contento con esto inventó la sutilísima arte del álgebra, que tomó el nombre de su autor, la cual, el que la alcanza, hará cosas que parecerán milagros, como vimos en las historias antiguas haber hecho Arquímedes. De haber sido natural de Sevilla y autor de su torre mayor por ahora tengo por autores al cronista Gil González de Ávila en la Historia de D. Enrique III, capítulo LXVI, folio 158. Juan de la Cueva en La conquista de la Bética, en el prólogo y en el libro XXIII, en una octava que comienza:

Salimos, dijo y pido juntamente
que ha de ser por el suelo derribada
la Mezquita mayor y la eminente
torre del gran Geber edificada.


Lo mismo insinúan otras muchas partes de su obra.

(Rodrigo Caro: Varones insignes en letras naturales de la ilustrísima ciudad de Sevilla. Edición de Luis Gómez Canseco. Sevilla: Diputación de Sevilla, 1992, p. 72.)
Cuando oía a mi maestro Atalo estigmatizar el mal, las fallas y los errores de nuestra existencia, me daba lástima la especie humana y creía que mi maestro era sublime, más que real; si hacía el elogio de la pobreza, al salir del curso yo quería ser pobre o prohibirme la gula y la sensualidad. Aún conservo algunos de aquellos hábitos: nada de ostras, de hongos, de perfumes ni de baños de vapor. También he seguido acostándome en un colchón muy duro. Igualmente entusiasmado por Pitágoras y por la metempsicosis, me volví vegetariano. Sólo que por entonces hubo una oleada de desconfianza policiaca contra las supersticiones ajenas al modo de vida romano. Mi padre no tenía miedo de la policía, pero detestaba la filosofía; por tanto, me apartó del vegetarianismo.

(Séneca, a través de la paráfrasis de Paul Veyne [Séneca y el estoicismo. México: F. C. E., 1996, p. 20]. Otros vegetarianos ilustres: Leonardo da Vinci [E. H. Gombrich: El legado de Apeles. Madrid: Debate, 2000, p. 73], Benito Arias Montano [Rodrigo Caro: Varones insignes en letras naturales de la ilustrísima ciudad de Sevilla. Edición de Luis Gómez Canseco. Sevilla: Diputación de Sevilla, 1992, p. 23].)