31.7.09

«Como Dios hizo un candil.»

Tirso de Molina: Don Gil de las calzas verdes. Edición de Alonso Zamora Vicente. Madrid: Castalia, 1990, p. 266:

¿Qué digo? Que sois don Gil,
como Dios hizo un candil.

Luis de Góngora: Romances. Edición de Antonio Carreño. Madrid: Cátedra, 1995, p. 118:

mírame, ninfa gentil,
que ayer me miré en un charco,
y vi que era rubio y zarco,
como Dios hizo un candil.

Véase también Gabriel Bocángel: La lira de las musas. Edición de Trevor J. Dadson. Madrid: Cátedra, 1985, p. 223:

Cautiváronme dos ojos,
como Dios hizo un Argel
y, sin tener ley alguna,
quieren que guarde su ley.

Y Lope de Vega: La estrella de Sevilla. Edición de Juan Manuel Villanueva Fernández. Madrid: Castalia, 2009, p. 107:

¿No vengo galán? ¿No vengo
como Dios hizo una guinda [...]?

29.7.09

«Vitae quae faciant beatiorem».

Por esso dize bien el acutíssimo
Marcial en su epigrámate
que si quieres gozar de uida plácida,
de uida sin estrépito
con que tu pecho esté puro y no lánguido,
no busques sodalicios.

[El Brocense]

(Alfonso Martín Jiménez: Retórica y Literatura en el siglo XVI. El Brocense. Valladolid: Universidad de Valladolid, 1997, p. 165, n. 66. Véase también el texto correspondiente a la n. 202, p. 130; y el magnífico artículo de Gabriel Laguna, con bibliografía. Otras dos versiones castellanas, en Marcelino Menéndez Pelayo: Bibliografía hispano-latina clásica. Madrid: C.S.I.C., 1950-1953, vol. VII, pp. 133-134 y 141-142. Cfr. con The Happy Life y con A True Receipt of Happiness, en Laudator Temporis Acti.)

«Amadeus» (1984), de Milos Forman.

25.7.09

[S]olíamos alabar todos el buen cabello en el hombre y, porque el emperador se tresquiló, determinamos todos hazerlo; y dezímoslo agora y sentímoslo assí, que parescen mejor los hombres tresquilados.

Pedro Mejía: Diálogos o Coloquios. Edición de Antonio Castro Díaz. Madrid: Cátedra, 2004, p. 350. Véase también la magnífica nota ad locum de Castro:

El cambio de imagen de Carlos V, al que aquí se alude, ocurrió tras el nombramiento imperial en 1519.



El monarca joven, que vemos en los retratos ataviado a la usanza borgoñona y con los cabellos largos propios de la tradición medieval, se cortó los cabellos, por influencia de la estética clasicista del Renacimiento y siguiendo la imaginería propia de la estatuaria clásica de la Antigüedad, tras ser elegido rey de los romanos.


Cfr. con Richard Helgerson: A Sonnet from Carthage. Garcilaso de la Vega and the New Poetry of Seventeenth-Century Europe. Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 2007, p. 29. Más sobre moda: aquí y aquí.

12.7.09

El «style français» de datación.

Donatella Gagliardi: La censura literaria en el siglo XVI. Un estudio del Theotimus. Vilagarcía de Arousa, Pontevedra: Mirabel, 2006, p. 48:

[S]egún el «ancien style» o «style français» de datación, [...] el año legal empezaba el día de Pascua.


Con la n. 68:

Esa peculiar costumbre de tomar como punto de partida una fiesta móvil implicó, entre sus muchas consecuencias, que la duración del año podía oscilar entre 330 y 400 días. Al sinfín de confusiones que se produjo puso remedio el edicto de Carlos IX, en diciembre de 1564, que fijó el inicio del calendario oficial en el 1 de enero, aunque la nueva datación no fue adoptada a la vez en cada provincia francesa.


Véase también Elizabeth Eisenstein: La revolución de la imprenta en la Edad Moderna europea. Madrid: Akal, 1983, p. 248: «Mientras la movilidad de la fiesta de Pascua representó un problema, los astrónomos fueron necesarios para ayudar a que la Iglesia conmemorase las verdades del Evangelio»; y Elizabeth Armstrong: Before Copyright. The French Book-Privilege System (1498-1526). Cambridge: Cambridge University Press, 2002, pp. 46, 53, etc. Cfr. con Ian Michael (ed.): Poema de mío Cid. Madrid: Castalia, 1984, pp. 310-311, nota:

Hasta avanzado el siglo XIV, las fechas solían darse en España como «era» o «era de Julio César», porque las calculaban basándose en la supuesta fecha de la fundación de las provincias romanas en España: 38 antes de J.C.


Con John Monfasani: Fernando of Cordova. A Biographical and Intellectual Profile. Philadelphia: The American Philosophical Society, 1992, pp. 45-46: «in the Nativity style of Bologna the year began on 25 December»; y, en el mismo sentido, con Viajes medievales. Edición de Miguel Ángel Pérez Priego. Madrid: Turner, 2006, vol. II, p. 188 [Embajada a Tamorlán]: «E jueves, que fueron veinte y cinco de deziembre, día de Pascua, que començó el año del Señor de mil y cuatrocientos e cinco años, partieron de aquí».
Rabelais estaba vinculado estrechamente a la feria de Lyon, que era una de las más importantes del mundo en materia de edición y librería, y ocupaba el segundo lugar después de la de Frankfurt. Ambas ferias cumplían una función fundamental en el plano de la difusión del libro y la publicidad literaria. En aquella época, los editores publicaban sus libros con motivo de la feria de primavera, de otoño y de invierno. La de Lyon determinaba en gran medida el calendario de las ediciones francesas. [Bajtin anota: «La obra de Goethe aún progresaba, hasta cierto punto, en relación con las fechas de la feria de Frankfurt».] Por lo tanto, los escritores presentaban sus manuscritos a los editores tomando en cuenta esas fechas. A. Lefranc las utilizó muy bien para establecer la cronología de las obras de Rabelais. Esas fechas regulaban la producción del libro (incluso libros científicos), sobre todo, por supuesto, las ediciones populares y libros de literatura recreativa.

Rabelais, que había comenzado por publicar tres obras eruditas, se convirtió más tarde en proveedor de obras de gran tirada, lo que lo obligó a mantener contactos más estrechos con las ferias. En adelante, por lo tanto, no sólo debía tomar en cuenta las fechas, sino también las exigencias, los gustos y las pautas de las ferias.

(Mijail Bajtin: La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. Madrid: Alianza, 1987, pp. 141-142. Cfr. con Lucien Febvre: El problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelais. Madrid: Akal, 1993, p. 183; y, sobre todo, con Fraçois Rabelais: Pantagruel. Edición de Alicia Yllera. Madrid: Cátedra, 2003, p. 324: «Tendréis el resto de la historia para la próxima feria de Francfort, [etc.]».)

10.7.09

El Cementerio de los Inocentes.

En ninguna parte estaba reunido de forma tan patética todo lo que ponía a la muerte delante de los ojos como en el Cementerio de los Inocentes, de París. Allí apuraba el espíritu hasta el fondo el horror de lo macabro. Todo cooperaba a prestar a aquel lugar lúgubre el carácter sagrado y el estremecimiento pintoresco de que tanto gustaba la última Edad Media. Ya los santos a quienes estaban consagrados la iglesia y el cementerio, los Santos Inocentes sacrificados en lugar de Jesús, provocaban con su lastimoso martirio la intensa excitación y la emoción sangrienta que aquella época sabía paladear. Justamente en aquel siglo estuvo muy en primer término la veneración de los Santos Inocentes y se poseía más de una reliquia de los niños de Belén. Luis XI regaló a la iglesia de París consagrada a ellos un Innocent entier, encerrado en una gran urna de cristal. Aquel cementerio era el lugar donde se prefería reposar, mejor que en ninguna otra parte. Un obispo de París hizo poner en su sepulcro un poco de tierra del Cementerio de los Inocentes, porque no podía ser sepultado allí. Pobres y ricos descansaban en él unos junto a otros, aunque no por mucho tiempo, pues el espacio para enterramientos, en el cual tenían derecho de sepultura veinte parroquias, estaba tan solicitado que al cabo de algún tiempo desenterraban de nuevo las osamentas y se vendían las lápidas sepulcrales. Decíase que un cuerpo se descomponía allí en nueve días, con excepción de los huesos. Los cráneos y las osamentas eran amontonados luego en los osarios que había encima del pórtico que rodeaba el cementerio por tres lados. A miles yacían allí, desnudos y patentes, predicando la doctrina de la igualdad universal. Bajo las arcadas podía verse y leerse la misma doctrina en las pinturas y en los versos de la Danza de la Muerte. Para la construcción de los beaux charniers [bellos osarios] había dado dinero, entre otros, el noble Boucicaut. En el pórtico de la iglesia había hecho representar plásticamente la escena de los tres muertos y los tres vivos el duque de Berry, que quiso yacer allí. Más tarde, en el siglo XVI, descollaba aún sobre el cementerio la Gran Muerte, que, solitaria, constituye hoy en el Museo del Louvre el único resto de todo cuanto estuvo reunido allí.

(Johan Huizinga: El otoño de la Edad Media. Madrid: Alianza, 2005, pp. 197-198. Modifico ligeramente la ortografía. Cfr. con François Rabelais: Pantagruel. Edición de Alicia Yllera. Madrid: Cátedra, 2003, p. 123. Véase también Víctor Infantes: Las Danzas de la Muerte. Salamanca: Universidad de Salamanca, 1997, passim. Del Dit des trois morts et des trois vifs hay ilustración en Erwin Panofsky: Vida y arte de Alberto Durero. Madrid: Alianza, 2005, fig. 14. Y la fig. 9 reproduce cierta xilografía de Michael Wolgemut titulada «La danza de los muertos». Se trata, según Infantes, del «emblema más conocido del género» [Las danzas de la muerte..., p. 30, n. 68].)

9.7.09

La licantropía, que Avicena llama cucubuth, otros lupinam insaniam o locura lupina, se da cuando los hombres corren aullando por sepulturas y campos de noche, y no hay forma de convencerles de que no son lobos u otras bestias similares. Aecio de Amida y Pablo de Egina lo llaman un tipo de melancolía, pero yo lo asignaría a la locura, como hace la mayoría. Algunos dudan de que pueda existir tal enfermedad. Donato Antonio Altomari dice que vio a dos en su época. Wier cuenta la historia de uno en Padua en 1541, que creía que era un lobo. Tenía otro ejemplo de un español que se creía un oso. Forest confirma lo mismo con muchos ejemplos, de entre todos los cuales, había sido testigo de uno en Alcmaar, en Holanda: un pobre campesino que andaba siempre merodeando por las tumbas y se quedaba en los cementerios, con un aspecto pálido, negro, feo y temeroso. Quizá iguales, o algo mejores, eran las hijas del rey Proteo, que se consideraban vacas. Y Nabucodonosor en Daniel, como sostienen algunos intérpretes, padecía de este tipo de locura. Esta enfermedad dio ocasión quizá a la valiente afirmación de Plinio: «algunos se convertían en lobos en su tiempo, y de lobos en hombres de nuevo»; y a la fábula de Pausanias, sobre un hombre que fue lobo durante diez años y después volvió a su forma primigenia; al cuento de Licaón de Ovidio, etc. Quien esté deseoso de oír algo sobre esta enfermedad, o más ejemplos, que lea a San Agustín [...], etc. Esta enfermedad, dice Avicena, perturba más en febrero, y hoy en día es frecuente en Bohemia y Hungría, de acuerdo con Heurne. Scheretzius la considera común en Livonia. Están escondidos la mayor parte del día, y salen durante la noche, aullando por tumbas y desiertos; «tienen habitualmente los ojos hundidos, piernas y muslos tiñosos, muy secos y pálidos», dice Altomari. En su libro da razón de todos los síntomas y establece una breve cura para ellos.

(Robert Burton: Anatomía de la melancolía. Madrid: Alianza, 2006, pp. 61-62. Véase también Petronio: El satiricón. Edición de Lisardo Rubio Fernández. Madrid: Gredos, 1988, pp. 91-92; Lucien Febvre: El problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelais. Madrid: Akal, 1993, p. 303, n. 483; José Antonio Maravall: Utopía y contrautopía en El Quijote. Madrid: Visor, 2006, pp. ; 147-148; y Raymond Klibansky, Erwin Panofsky y Fritz Saxl: Saturno y la melancolía. Madrid: Alianza, 2006, p. 39.)

7.7.09

«En todos los estados se sirve a Dios.»

[L]a mano diestra
de Dios mil caminos muestra,
y por todos se va al cielo.
Y assí, el que fuere guiado
por el mundo peregrino,
ha de buscar el camino
que diga con el estado.
Para el bien que se promete
de un alma limpia y sencilla,
lleve el frayle su capilla,
y el clérigo su bonete,
y su capote doblado
lleve el tosco labrador,
que quiçá açierta mejor
por el surco de su arado.
Y el soldado y cavallero,
si lleva buena intención,
con dorada guarnición,
con plumas en el sombrero,
a cavallo, y con dorada
espuela, galán divino,
si no es que yerra el camino
hará bien esta jornada;
porque al cielo caminando
ya llorando, ya riendo,
van los unos padeciendo,
y los otros pel[e]ando.

Guillén de Castro: Las mocedades del Cid. Edición de Luciano García Lorenzo. Madrid: Cátedra, 2001, pp. 159-160. Cfr. con Marcel Bataillon: Erasmo y España. México: F. C. E., 1998, p. 790, n. 69; María Rosa Lida de Malkiel: La idea de la Fama en la Edad Media castellana. México: F.C.E., 1983, pp. 209-210, n. 51; Miguel de Cervantes: Novelas ejemplares. Edición de Antonio Rey Hazas. Barcelona, Vicens Vives, 1998, p. 28; François Rabelais: Gargantúa. Madrid: Alianza, 2008, p. 205 [traído a colación en Lucien Febvre: El problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelais. Madrid: Akal, 1993, pp. 181, 212, etc.]; y Poesía de cancionero. Edición de Álvaro Alonso. Madrid: Cátedra, 1995, p. 266:
El bivir qu’es perdurable
non se gana con estados
mundanales,
ni con vida delectable
donde moran los pecados
infernales;
mas los buenos religiosos
gánanlo con oraciones
e con lloros;
los cavalleros famosos,
con trabajos e aflictiones
contra moros.
Véase tambien René Andioc: Teatro y sociedad en el Madrid del siglo XVIII. Madrid: Castalia, 1987, p. 467 [Leandro Fernández de Moratín]:
En todos los estados se sirve a Dios, Frasquita.
Duque de Rivas: Don Álvaro o la fuerza del sino. Edición de Carlos Ruiz Silva. Madrid: Espasa, 2006, p. 127:
Todas las tribulaciones
de este mundo fugitivo
son, señora, pasajeras;
al cabo encuentran alivio.
Y al Dios de bondad se sirve
y se le aplaca lo mismo
en el claustro, en el desierto,
de la corte en el bullicio,
cuando se le entrega el alma
con fe viva y pecho limpio.
Y Juan Valera: Pepita Jiménez. Madrid: Alianza, 2003, pp. 217-218:
Pepita acude solícita a disipar estas melancolías, y entonces comprende y afirma Luis que el hombre puede servir a Dios en todos los estados y condiciones, y concierta la viva fe y el amor de Dios, que llenan su alma, con este amor lícito de lo terrenal y caduco.

Bálsamo de Fierabrás.

D. GAR.- ¿Es mucho? Ensalmo sé yo,
con que un hombre en Salamanca,
a quien cortaron a cercén
un brazo con media espalda,
volviéndosele a pegar,
en menos de una semana
quedó tan sano y tan bueno
como primero.
TRIST.- Ya escampa.
D. GAR.- Esto no me lo contaron,
yo lo vi mismo.
TRIST.- Eso basta.
D. GAR.- De la verdad, por la vida,
no quitaré una palabra.
TRIST.- ¿Que ninguno se conozca?
Señor, mis servicios paga,
con enseñarme ese ensalmo.

(Juan Ruiz de Alarcón: La verdad sospechosa. Edición de Alva V. Ebersole. Madrid: Cátedra, 2005, pp. 130-131. Cfr. con Miguel de Cervantes: Don Quijote de la Mancha. Edición de Francisco Rico. Barcelona: Crítica, 1998, pp. 114-115. Véase también Lucien Febvre: El problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelais. Madrid: Akal, 1993, pp. 151-152; y François Rabelais: Pantagruel. Edición de Alicia Yllera. Madrid: Cátedra, 2003, p. 72, n. 26.)