[L]a mano diestra
de Dios mil caminos muestra,
y por todos se va al cielo.
Y assí, el que fuere guiado
por el mundo peregrino,
ha de buscar el camino
que diga con el estado.
Para el bien que se promete
de un alma limpia y sencilla,
lleve el frayle su capilla,
y el clérigo su bonete,
y su capote doblado
lleve el tosco labrador,
que quiçá açierta mejor
por el surco de su arado.
Y el soldado y cavallero,
si lleva buena intención,
con dorada guarnición,
con plumas en el sombrero,
a cavallo, y con dorada
espuela, galán divino,
si no es que yerra el camino
hará bien esta jornada;
porque al cielo caminando
ya llorando, ya riendo,
van los unos padeciendo,
y los otros pel[e]ando.
Guillén de Castro:
Las mocedades del Cid. Edición de Luciano García Lorenzo. Madrid: Cátedra, 2001, pp. 159-160. Cfr. con Marcel Bataillon:
Erasmo y España. México: F. C. E., 1998, p. 790, n. 69; María Rosa Lida de Malkiel:
La Idea de la Fama en la Edad Media Castellana. México: F.C.E., 1983, pp. 209-210, n. 51; Miguel de Cervantes:
Novelas ejemplares. Edición de Antonio Rey Hazas. Barcelona, Vicens Vives, 1998, p. 28; François Rabelais:
Gargantúa. Madrid: Alianza, 2008, p. 205 [traído a colación en Lucien Febvre:
El problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelais. Madrid: Akal, 1993, pp. 181, 212, etc.]; y
Poesía de Cancionero. Edición de Álvaro Alonso. Madrid: Cátedra, 1995, p. 266:
El bivir qu’es perdurable
non se gana con estados
mundanales,
ni con vida delectable
donde moran los pecados
infernales;
mas los buenos religiosos
gánanlo con oraciones
e con lloros;
los cavalleros famosos,
con trabajos e aflictiones
contra moros.
Véase tambien Duque de Rivas:
Don Álvaro o la fuerza del sino. Edición de Carlos Ruiz Silva. Madrid: Espasa, 2006, p. 127:
Todas las tribulaciones
de este mundo fugitivo
son, señora, pasajeras;
al cabo encuentran alivio.
Y al Dios de bondad se sirve
y se le aplaca lo mismo
en el claustro, en el desierto,
de la corte en el bullicio,
cuando se le entrega el alma
con fe viva y pecho limpio.
Y Juan Valera:
Pepita Jiménez. Madrid: Alianza, 2003, pp. 217-218:
Pepita acude solícita a disipar estas melancolías, y entonces comprende y afirma Luis que el hombre puede servir a Dios en todos los estados y condiciones, y concierta la viva fe y el amor de Dios, que llenan su alma, con este amor lícito de lo terrenal y caduco.